Lección 166 – Se me han confiado los dones de Dios. 

 

 

“Esta lección es una de las más importantes en el libro de ejercicios, ya que Jesús explica por qué tenemos tantas dificultades para aceptar sus dones. En este sentido, es un maravilloso resumen de uno de los énfasis principales de Un Curso de Milagros: ayudarnos a contrastar y, finalmente, elegir entre dos identidades: el ser especial del ego que apreciamos y nuestro verdadero Ser como Cristo, al que el perdón nos conduce suavemente. También se puede ver un paralelo a “Los Regalos de Dios”, el poema en prosa que Helen escribió que contrasta los regalos del ego con los de Dios.

(1:1-4) «Se te ha dado todo. La confianza que Dios tiene en ti es infinita. Él conoce a Su Hijo. Él da sin hacer excepciones y sin reservarse nada que pudiera contribuir a tu felicidad.»

Hemos visto cómo a veces se trata a Dios como un miembro del homo sapiens, representado como un Padre amoroso que nos lo da todo. Este símbolo refleja la Presencia abstracta y no específica que no podemos entender. El contenido detrás de la forma es nuestra unidad con Dios, y por lo tanto todo lo que Dios es, nosotros también lo somos. Esto se refiere a nuestro Ser Crístico, sin embargo, no al ser individual con el que nos identificamos. Así, Su Amor y su capacidad creativa son nuestros; y permanecemos perfectos como nuestro Padre Celestial es perfecto (Mateo 5:48), llenos de la abundancia creativa del espíritu:

“La capacidad de extenderse es un aspecto fundamental de Dios, que Él le dio a Su hijo. En la creación, Dios Se extendió a Sí Mismo a Sus creaciones y les infundió la misma amorosa Voluntad de crear que Él posee. No sólo fuiste plenamente creado, sino que fuiste creado perfecto.” (T-2.I.1:1-3)

(1:5) «Sin embargo, a menos que tu voluntad sea una con la Suya, no podrás recibir Sus dones.»

Mientras nos separemos del Amor y el Ser de Dios, viéndonos a nosotros mismos como parte de una voluntad individual separada, no nos daremos cuenta de que los dones de Dios son nuestros. Están allí, pero no pueden ser recibidos porque huimos de ellos.

(1:6) «Mas ¿qué podría hacerte pensar que hay otra voluntad aparte de la Suya?»

Es el ego el que nos hace pensar esto, reflejando nuestro deseo continuo de estar separados.

(2:1-3) «He aquí la paradoja que sirve de fundamento a la fabricación de este mundo. Este mundo no es la Voluntad de Dios, por lo tanto, no es real. No obstante, aquellos que creen que lo es no pueden sino creer que hay otra voluntad, la cual produce efectos opuestos a los que Él dispone.»

Si crees tanto en Dios como en tu identidad corporal, debes concluir que hay dos voluntades, que reflejan una espiritualidad dualista: la Voluntad de Dios y la voluntad del ego. Además, existe la Voluntad de Dios y la mía, que puede actuar en oposición o en consonancia con Él, según elijo. Pero – tengo una voluntad que es mía. Ese es el corazón de la teología Yo-Tú de Martin Buber, inherente a la creencia de que tenemos una voluntad que puede optar por ponerse en armonía con el Creador. Aún así, no es uno con Él, perpetuando así la distinción Yo-Tú.

(2:4-5) «Esto es claramente imposible; mas la mente de aquel que contempla el mundo y lo juzga como real, sólido, digno de confianza y verdadero cree en dos creadores; o mejor dicho en uno: él mismo. Mas nunca en un solo Dios.»

O bien hay dos voluntades – la mía y la de Dios – o, si soy ateo, sólo existe mi voluntad y la voluntad de otro – una persona, el universo u otra fuerza. Sin embargo, nunca creemos en un Dios verdadero. Si lo hiciéramos, negaríamos no sólo el universo físico, sino también nuestra identidad dentro del universo. Esta es la paradoja que enfrentan todos los estudiantes de Un Curso de Milagros. Leemos este libro como individuos – los ojos de un cuerpo que ven palabras en una página y un cerebro que las interpreta. Al mismo tiempo, lo que leemos nos dice que no estamos aquí y que todas las cosas físicas son ilusorias. Por lo tanto, típicamente tratamos la paradoja como lo hace siempre el ego: la separamos, y luego olvidamos que está ahí para que no tenga que ser tratada.

Esta lección, como muchos otros pasajes del Curso, nos obliga a prestar atención a la paradoja que no queremos enfrentar. En algún lugar de nuestras mentes, sin embargo, sabemos que si la mirásemos, desaparecería. El temor es que no solo desaparezca la paradoja, sino también nuestra identidad. Para asegurarnos contra esta posibilidad, formamos un yo, creyendo demencialmente que somos los autores de nuestra realidad, dejando a nuestro verdadero Creador fuera de este yo. Sin embargo:

“Puedes percibirte como tu propio creador, pero lo que a lo sumo puedes hacer es creerlo. No puedes hacer que sea verdad…la creencia de que sí puedes es la piedra angular de tu sistema de pensamiento, y utilizas todas tus defensas para atacar las ideas que podrían ponerla al descubierto. Todavía crees que eres una imagen que tú mismo fabricaste.” (T-3.VII.4:6-7, 9-10)

(3:1) «Todo aquel que alberga creencias tan extrañas como éstas no puede aceptar los dones de Dios… »

Nadie es feliz aquí, y nadie puede ser feliz aquí porque la felicidad se encuentra únicamente en el Cielo. Por lo tanto, estar fuera del Cielo es estar fuera de nuestra felicidad. Pronto veremos que la felicidad en este mundo proviene de darse cuenta de que «no» somos de este mundo. Mientras creamos que estamos aquí y que hay esperanza de felicidad aquí, no podremos aceptar los dones de Dios. La verdad y la ilusión no pueden coexistir.

(3:2-3) «…pues se ve obligado a creer que aceptarlos, por muy evidentes que se vuelvan, por muy grande que sea la urgencia con la que se le exhorta a reclamarlos como propios, es verse presionado a traicionarse a sí mismo. Por lo tanto, tiene que negar la existencia de dichos dones, contradecir la verdad y sufrir para preservar el mundo que él mismo construyó.»

Este es el corazón del problema. Si creo en la realidad de Dios y en la verdad de las palabras de Jesús, niego el fundamento de mi existencia – la traición contra mí mismo. Cuando elegimos al ego sabíamos que elegir al Espíritu Santo significaba el fin de la existencia individual. Escuchar la separación del ego significa que yo existo, mientras que la Expiación del Espíritu Santo me lleva a desaparecer en el Corazón de Dios, poniendo fin a mi vida. Por lo tanto, para preservar mi identidad, debo negar la presencia de la verdad y los dones de Dios. Entonces, gustosamente, sufro mi culpa, lo que prueba que tengo razón y que Dios está equivocado, ya que la Expiación dice que no puede haber culpa. Así mi sufrimiento, haciendo que otros se identifiquen con él, proclama convincentemente que lo que estoy diciendo es verdad y que la Expiación es falsa. El siguiente pasaje del texto describe la locura de la religión del ego, en la cual la culpa se considera sagrada y la inocencia se considera blasfema para el dios del ego:

“Gran parte del extraño comportamiento del ego se puede atribuir directamente a su definición de la culpabilidad. Para el ego, «los inocentes son culpables». Los que no atacan son sus “enemigos” porque, al no aceptar su interpretación de la salvación, se encuentran en una posición excelente para poder abandonarla…Cuando el ego se enfrentó con la verdadera inocencia del Hijo de Dios intentó darle muerte, y la razón que adujo fue que la inocencia es una blasfemia contra Dios. Para el ego, el «ego» es Dios, y la inocencia tiene que ser interpretada como la máxima expresión de culpabilidad que justifica plenamente el asesinato.” (T-13.II.4:1-3; 6:2-3)

(4:1-3) «He aquí el único hogar que cree conocer. He aquí la única seguridad que cree poder encontrar. Sin ese mundo que él mismo construyó se siente como un paria, sin hogar y preso del miedo.»

Recordemos la Lección 160, “Yo estoy en mi hogar. El miedo es el que es un extraño aquí.” Creemos que nuestra seguridad descansa en el cuerpo, y en la seguridad del especialismo que hemos juzgado nos hará felices. Creemos que no estar aquí físicamente nos deja sin hogar, y por lo tanto estamos aterrados de enfermarnos y morir, porque entonces ya no estaríamos más. Esta locura nos lleva a adaptarnos a este mundo demente, tratando desesperadamente de convencernos de su realidad y de que un día nos hará más seguros. Jesús nos pide que miremos honestamente con él a este extraño mundo de odio y muerte, que consttruimos para escapar de un mundo aún más extraño de pecado y culpa:

“Todavía queda una pregunta por contestar, la cual es muy simple. ¿Te gusta lo que has fabricado? Un mundo de asesinatos y de ataque por el que te abres paso tímidamente en medio de constantes peligros, solo y temeroso, esperando a lo sumo a que la muerte se demore un poco antes de que se abalance sobre ti y desaparezcas. Todo eso son fabricaciones tuyas. Es un cuadro de lo que tú crees ser: de cómo te ves a ti mismo…Todas estas cosas no son sino los temibles pensamientos de aquellos que se amoldan a un mundo que se ha vuelto temible debido a los ajustes que ellos mismos hicieron. Y lo contemplan con pesar desde su propia tristeza interior, y ven la tristeza en él…No procures que el Hijo de Dios se adapte a su demencia.” (T-20.III.4:1-4, 6-7; 7:1)

(4:4) «No se da cuenta de que en ese mundo es donde en verdad es presa del miedo y donde no tiene un hogar; donde es un paria que en su vagar se ha alejado tanto de su hogar, y por tanto tiempo, que no se da cuenta de que se ha olvidado de dónde vino, adónde va, e incluso de quién es en realidad.»

Mi insistencia en que estoy en este mundo refuerza el temor que dice que Dios me atrapará a menos que me esconda en él, que es su propósito. El miedo que experimento en el cuerpo es, por lo tanto, una sombra del miedo de mi mente, el estado de todos en este mundo. Existimos como cuerpos para permanecer lejos de casa, hasta ahora, de hecho, lo hemos olvidado. Incluso hemos olvidado Quiénes somos, eligiendo en su lugar la identidad sustitutiva de especialismo del ego.

(5:1) «No obstante, los dones de Dios lo acompañan en su solitario e insensato vagar, aunque él no se dé cuenta.»

Estos dones están enterrados en la mente, cubiertos con nuestra culpa de mentalidad errada, y cubiertos aún más por el dolor y el sufrimiento del cuerpo. El cuerpo oculta así la culpa de la mente, que a su vez oculta los dones de Dios en nuestras mentes correctas. Este pasaje del texto anteriormente citado transmite poderosamente el propósito de la locura para el mundo – ocultar el Amor que es la fuente de todo temor:

“Has construido todo tu demente sistema de pensamiento porque crees que estarías desamparado en Presencia de Dios, y quieres salvarte de Su Amor porque crees que éste te aniquilaría…Crees haber construido un mundo que Dios quiere destruir, y que amando a Dios -y ciertamente lo amas- desecharías ese mundo, lo cual es, sin duda, «lo que harías». Te has valido del mundo, por lo tanto, para encubrir tu amor, y cuanto más profundamente te adentras en los tenebrosos cimientos del ego, más te acercas al Amor que yace allí oculto. «Y eso es lo que realmente te asusta».” (T-13.III.4:1,3-5)

(5:2-5) «No puede perderlos. Pero no ve lo que se le ha dado. Continúa errante, consciente de la futilidad que le rodea por todas partes, viendo como lo poco que tiene no hace sino menguar, conforme él sigue adelante sin ir a ninguna parte. Pero aun así, continúa deambulando en la miseria y en la pobreza, solo, aunque Dios está con él, y en posesión de un tesoro tan grande que, ante su magnitud, todo lo que el mundo ofrece no tiene ningún valor. »

Jesús describe la difícil situación de todos aquí. El tesoro del Amor de Dios está con nosotros y aún seguimos vagando, conscientes de que aquí nada funciona y que todo morirá, sin embargo, no cambiamos nuestro pensamiento. Buscamos cambiar las cosas en el mundo, pero al no abordar la causa en la mente, nos aseguramos de que nada cambie. Por lo tanto, seguimos buscando desesperadamente la esperanza en el mundo:

“Todos sus caminos [del mundo] no hacen sino conducir a la desilusión, a la nada y a la muerte. Sus alternativas no constituyen una verdadera elección. No intentes escaparte de tus problemas aquí, pues el mundo fue concebido precisamente para que «no se pudiese» escapar de ellos. No te dejes engañar por los diferentes nombres que se le han dado a sus caminos. Todos tienen la misma finalidad…Todos te conducen a la muerte.” (T-31.IV.2:3-8, 11)

(6:1) «Su aspecto da lástima; está cansado y rendido; viene harapiento, y los pies están ensangrentados por los abrojos del camino que ha venido recorriendo.»

La “figura cuyo aspecto da lástima” somos todos los que creemos que el cuerpo es nuestra identidad, y su inevitable colapso y desintegración se expresa en la imagen de “vestimenta harapienta”. Jesús no quiere que nos sintamos culpables, pero sí quiere que entendamos que este «es» el estado de la vida corporal, el falso yo que él describe en otra parte como una “parodia” o “burla” de quienes somos como espíritu. Todos aquellos que buscan encontrar la felicidad y el placer en este mundo nunca lo encontrarán. Pueden tenerlo momentáneamente, pero no durará. Este no es un curso sobre cómo ser feliz aquí, ya que su propósito es hacernos felices dándonos cuenta de que «no» estamos aquí. Sólo tal realización conducirá a la felicidad y la alegría. Sin ello, nos conformamos con el especialismo en lugar de con el amor real.

La línea que voy a leer ahora se repite casi idénticamente en la Lección 182 (2:1):

(6:2) «No hay nadie que no se haya identificado con él, pues todo el que viene aquí ha seguido la misma senda que él recorre, y se ha sentido derrotado y desesperanzado tal como él se siente ahora.»

Piensa en cuántas personas trabajan con Un Curso de Milagros y todavía fingen que no se identifican con esta figura. Dirán que están felices, gozosos y llenos de paz; sin embargo, si realmente lo fueran, no estarían aquí sino en el Cielo. Es imperativo que, al trabajar con este curso, reconozcas que no puedes regresar a tu hogar a menos que primero veas la casa que construiste tal como es. Por lo tanto, debes darte cuenta de cuán amargamente infeliz eres aquí, identificado como un cuerpo, antes de que puedas hacer una elección significativa y pedir ayuda con fervor, como vimos en la lección anterior. Jesús nos está diciendo que «todos» aquí se han identificado con esta figura, y «todos» han seguido desesperadamente el mismo camino de la derrota, porque «todos» mueren. Una vez más, no se puede elegir en contra de este camino de miseria hasta que primero nos demos cuenta de lo que es. Es por eso que, como hemos visto, el Espíritu Santo necesita un aprendiz feliz, en quien se pueda cumplir felizmente Su misión:

“Tú que eres tan partidario de la aflicción, debes reconocer en primer lugar que eres infeliz y desdichado. El Espíritu Santo no puede enseñar sin este contraste, pues tú crees que la aflicción es felicidad. Esto te ha confundido tanto, que te has empeñado en aprender a hacer lo que nunca podrás hacer, creyendo que si no aprendes a hacerlo no serás feliz.” (T-14.II.1: 1-4).

(6:3) «Mas, ¿es su situación realmente trágica, si te percatas de que está recorriendo el camino que él mismo eligió, y que no tiene más que darse cuenta de Quién camina a su lado y abrir sus tesoros para ser libre? »

Jesús nos está diciendo que no sintamos pena por la víctima, ¿cómo pueden ser trágicas las circunstancias trágicas de alguien si la persona lo elige? No entender esto es caer en la trampa de la falsa empatía que Jesús nos advierte en el texto (T-16.I). Las vidas de las personas no son trágicas, porque son sus sueños. Por lo tanto, ¿a quién puedo culpar por una vida llena de tragedia y dolor? Ni mis padres, ni el mundo, ni Dios. Es mi sueño y yo soy su soñador, siguiendo el camino que mi mente ha elegido. Es esta elección la que es trágica, no la forma que ha tomado – mi elección de ser la víctima inocente y otra la víctima pecaminosa a quien Dios castigará en vez de a mí. Sin embargo, para ser feliz, solo necesito darme cuenta de que el Amor de Dios, a través del Espíritu Santo, me acompaña todo el tiempo – no en la forma o el cuerpo, sino en mi mente.

(7:1) «Éste es el ser que has elegido, el que forjaste para reemplazar a la realidad.»

Jesús pone la carga únicamente sobre nosotros, dejando claro que sólo puede ayudarnos si se lo pedimos de verdad, lo que nos negamos a hacer mientras apreciemos este yo “trágico” y, sobre todo, nuestro justificado resentimiento de que alguien más nos haya hecho esto. Nuestras relaciones especiales – los sustitutos del Amor del Cielo – se convierten así en el foco de la corrección del Espíritu Santo:

“Substituir es aceptar una cosa por otra. Sólo con que examinases exactamente lo que esto implica, percibirías de inmediato cuánto difiere del objetivo que el Espíritu Santo te ha dado y quiere alcanzar por ti. Substituir es elegir entre dos opciones, renunciando a un aspecto de la Filiación en favor de otro…El Espíritu Santo nunca utiliza substitutos. En cualquier situación en la que el ego percibe a una persona como substituto de otra, el Espíritu Santo sólo ve su unión e indivisibilidad. Él no elige entre ellas, pues sabe que son una sola.” (T-18.I.1:1-3; 2:1-3)

(7:2) «Éste es el ser que defiendes ferozmente contra toda muestra de razón, toda prueba, así como contra todos los testigos que te pueden demostrar que eso no es lo que tú eres.»

La «razón», la «prueba» y los «testigos» están representados por este curso, o aquellos que llevan dentro de ellos la luz de Cristo que podemos ver en lugar de las tinieblas del ego. Así, Jesús nos recuerda las historias que se contaron sobre él, el que “sólo quiere ser un hermano para el mundo.” (C-5.5: 7):

“Muchos pensaron que yo les estaba atacando, aunque es evidente que eso no era cierto. Un alumno desquiciado aprende lecciones extrañas. Lo que tienes que reconocer es que cuando no compartes un sistema de pensamiento, lo debilitas. Los que creen en él perciben eso como un ataque contra ellos. Esto se debe a que cada uno se identifica con su propio sistema de pensamiento, y todo sistema de pensamiento se centra en lo que uno cree ser.” (T-6.V-B.1:5-9)

Nuestros egos exigen que ataquemos a todos aquellos que representan nuestra inocencia. La ausencia de culpa significa la ausencia de pecado, lo que significa que la separación nunca ocurrió y no hay un yo individual. Por lo tanto, atacar a la inocencia es un requisito si nuestro ser culpable tiene que sobrevivir, y así Jesús tuvo que ser destruido.

(7:3) «No les haces caso.»

No prestamos atención, sino que defendemos ferozmente nuestro yo contra cualquier cosa que pueda amenazarlo. Eso es lo que la mayoría de la gente tiende a hacer con este curso, de alguna manera maniobra para llevarlo a sus sueños individuales, por lo que terminan diciendo lo que quieren que diga, para promover su felicidad dentro del sueño. Por lo tanto, ignoran y niegan a todos los testigos – las propias palabras de Un Curso de Milagros – que les mostrarían que están equivocados.

(7:4) «Sigues el camino que te has trazado, cabizbajo, no vaya a ser que captes un atisbo de la verdad, te libres del autoengaño y quedes en libertad. »

El poema de Helen “Stranger on the Road” expresa esta idea de que no queremos ver a Jesús y aceptar quién es, porque hacerlo significa que nuestro sistema de pensamiento es falso. Por lo tanto, no miramos a su ser despertado o resucitado, como Helen expresa de manera conmovedora:

“El camino es largo. No levantaré mis ojos,
Porque el miedo se ha apoderado de mi corazón, y el miedo lo conozco –
El escudo que me mantiene a salvo de elevar la esperanza;
El amigo que te mantiene todavía extraño para mí….
Dijiste que volverías, y ya creí
Demasiado tiempo. Ahora mis ojos están sellados
Contra el delgado hilo de esperanza que interfiere
Con mi tranquila desesperación. ¡Oh, déjame ir!
Tu Palabra te rodea como una luz dorada,
Y apenas puedo ver el camino que recorremos
Porque mis ojos están velados. No me molestes,
Te lo ruego. No quiero verte ahora.”

(Los Regalos de Dios, pp. 103,104)

Es tentador, nuevamente, evitar lo que Jesús realmente dice. Queremos torcer sus palabras para que podamos encontrar felicidad y salvación en el mundo y el cuerpo. De hecho, muchas espiritualidades enseñan esto; ésta no lo hace. Su propósito no es hacernos felices aquí, sino hacer que nos demos cuenta de nuestra infelicidad para encontrar la verdadera felicidad en la mente. Nuestro temor profundamente arraigado es que debido a que Un Curso de Milagros tiene razón, debemos estar equivocados en todo, especialmente en la figura que vemos cada mañana en el espejo de nuestro baño. La verdad es que no somos la persona que pensamos que somos, como también refleja el poema de Helen:

“Tu Voz me recuerda una antigua canción
Que mis labios comienzan a cantar, aunque esperaba
Que se olvidara.”

(Los Regalos de Dios, p. 104)

(8:1-2) «Te retraes temerosamente no vaya a ser que sientas el toque de Cristo sobre tu hombro y percibas Su amorosa mano apuntando hacia tus dones. ¿Cómo podrías decir entonces que la pobreza te acompaña en el exilio?»

Si acepto los dones de Cristo, ¿cómo puedo decir justificadamente que soy una víctima pobre e inocente? Sin embargo, esa es exactamente la razón por la que nací – para que pudiera decir con plena justificación que soy esta víctima. Así es como el verdadero toque de Cristo sobre mí -el reflejo de la realidad- se convierte en una gran amenaza. Recordemos estas líneas de “Awake in Stillness” de Helen que llenan nuestros egos de terror:

“El Hijo de Dios
Ha venido a unirse a ti ahora. Su brillante mano
Está sobre tu hombro.”

(Los Regalos de Dios, p. 73)

Una parte de nosotros llora de alegría ante este toque, mientras que otra se escabulle en la oscuridad de la culpa y el ataque, buscando ocultar esta mano brillante de perdón de nuestra conciencia.

(8:3) «Él te haría reír de semejante percepción de ti mismo.»

El Espíritu Santo no se burla de nosotros ni nos ridiculiza, sino que trata de ayudarnos a darnos cuenta de lo absurdo de nuestros auto-conceptos ilusorios de pecado, culpa y odio. El siguiente pasaje resume el papel del Espíritu Santo de ayudarnos a ver nuestra creencia en el pecado, la «causa» de nuestro sufrimiento, que es el «efecto» del pecado. Aprender a reírnos de la tontería de creer que podemos separarnos de Dios, no menos atacarlo, es todo lo que se necesita para lograr la salvación, como leemos una vez más:

“El Espíritu Santo, sonriendo dulcemente, percibe la causa y no presta atención a los efectos. ¿De qué otra manera podría corregir tu error, cuando has pasado por alto la causa enteramente? Él te exhorta a que lleves todo efecto temible ante Él para que juntos miréis su descabellada causa y os riáis juntos por un rato. Tú juzgas los efectos, pero Él ha juzgado su causa. Y mediante Su juicio se eliminan los efectos. Tal vez vengas con los ojos arrasados en lágrimas, mas óyele decir: “Hermano mío, santo Hijo de Dios, contempla tu sueño fútil en el que sólo algo así podría ocurrir”. Y saldrás del instante santo riendo, con tu risa y la de tu hermano unida a la de Él.” (T-27.VIII.9)

(8:4) «¿Cómo podrías entonces seguir teniendo lástima de ti mismo?»

Si me río de mí mismo, ¿cómo puedo sentir lástima de mí mismo? Sin embargo, no hay una persona que no se identifique con esta dinámica autoindulgente de sentir lástima por uno mismo.

(8:5) «¿Y qué pasaría entonces con toda la tragedia que procuraste para aquel que Dios dispuso que gozase únicamente de dicha?»

El “aquel” es el Hijo de Dios, y en la gentil sonrisa del Espíritu Santo todo el dolor y el sufrimiento se han ido. Sin embargo, dentro del sueño, este mundo es de hecho trágico, porque aquí suceden cosas horribles. Sin embargo, uniéndonos a la visión de Cristo en el instante santo, mirando retrospectivamente a las “graves consecuencias” del sueño, sonreímos ante la creencia de que este sistema de pensamiento de pecado -una “frívola causa”- podría haber sustituido alguna vez al Amor de Dios. La felicidad reside en comprender ese feliz hecho:

“No es fácil percibir tal ironía cuando lo que tus ojos ven a tu alrededor son sus graves consecuencias, mas no su frívola causa. Sin causa, sus efectos parecen ciertamente ser tristes y graves. Sin embargo, no son más que consecuencias. Su causa, en cambio, es lo que no es consecuencia de nada, al no ser más que una farsa.” (T-27.VIII.8:4-7)

(9) «Tu miedo ancestral te ha salido al encuentro ahora, y por fin la justicia ha dado contigo. Cristo ha puesto Su mano sobre tu hombro, y ya no te sientes solo. Piensas incluso que el miserable yo que creíste ser tal vez no sea tu verdadera Identidad. Tal vez la Palabra de Dios sea más cierta que la tuya. Tal vez los dones que Él te ha dado son reales. Tal vez tu plan de mantener a Su Hijo sepultado en el olvido y de seguir por el camino que elegiste recorrer separado de tu Ser no lo ha engañado del todo.»

En algún momento nos damos cuenta de que se ha acabado el juego – tiene que haber otra manera – y consideramos que tal vez estábamos equivocados y que Jesús tenía razón, como lo hizo Helen al final de su poema.

“”Señor, ¿realmente mantuviste Tu hermosa Palabra?
¿Estaba equivocado? ¿Te levantaste de nuevo?
¿Y fui yo quien falló, en lugar de Ti?

(Los Regalos de Dios, p. 104)

Esta comprensión se produce en el instante en que somos conscientes del terror – el “miedo ancestral” – que surge: si no soy este yo, ¿quién soy? El Cristo que realmente soy no es la persona que pienso.

(10:1-2) «La Voluntad de Dios no se opone a nada. Simplemente es.»

Todo aquí se opone, porque este es un mundo dualista en el que sólo existen opuestos – buenos y malos, nosotros y ellos. La Voluntad de Dios no se opone porque no puede oponerse. Simplemente es. Solo la perfecta Unicidad es real, y ¿cómo puede la Unicidad oponerse a Sí Misma?

“¿Cómo se superan las ilusiones? Ciertamente no mediante el uso de la fuerza o de la ira, ni oponiéndose a ellas en modo alguno. Se superan dejando simplemente que la razón te diga que las ilusiones contradicen la realidad. Las ilusiones se oponen a lo que no puede sino ser verdad. La oposición procede de ellas, no de la realidad. La realidad no se opone a nada. Lo que simplemente “es” no necesita defensa ni ofrece ninguna.” (T-22.V.1: 1-7).

(10:3-4) «No es a Dios a Quien has aprisionado con tu plan de querer perder tu Ser. Él no sabe nada de un plan tan ajeno a Su Voluntad.»

No le has hecho nada a Dios, sino sólo a ti mismo. La oposición en tu mente y en este mundo es una invención. Lo peor de todo para el ego es que Dios no sabe nada del plan y la estrategia del ego. ¿Cómo podría Él conocer lo que es irreal? Así el Curso dice del espíritu:

“Nada puede llegar al espíritu desde el ego, ni nada puede llegar al ego desde el espíritu.” (T-4.I.2:6)

“El espíritu en su conocimiento no es consciente del ego.” (T-4.II.8:6)

“El ego y el espíritu no se conocen.” (T-4.VI.4: 1)

(10:5-6) «Hubo una necesidad que Él no entendió, y Él simplemente dio una Respuesta. Eso es todo.»

Esta referencia a la creación del Espíritu Santo se entiende metafóricamente. Como hemos visto antes, Jesús nos habla en el nivel dualista de nuestro entendimiento:

“Él [Dios] quiere que reemplaces la creencia del ego en la pequeñez por Su Propia Respuesta exaltada a lo que tú eres, de modo que puedas dejar de ponerla en duda y la conozcas tal como es.” (T-9.VIII.11:9)

“Al Espíritu Santo se le describe a lo largo del curso como Aquel que nos ofrece la respuesta a la separación y nos trae el plan de la Expiación, al asignarnos el papel especial que nos corresponde desempeñar en dicho plan y mostrarnos exactamente en qué consiste.” (C-6.2:1)

Sin embargo, estrictamente hablando, Dios no puede dar una respuesta. ¿Cómo puede ser contestado lo que nunca sucedió? El Espíritu Santo es una ilusión, un símbolo del pensamiento de la Expiación, y en sí mismo una ilusión porque corrige lo que nunca fue. Así lo explica Jesús en la clarificación de términos:

“Su Voz es la Voz de Dios, y, por lo tanto, ha adquirido forma. Dicha forma no es Su realidad, la cual sólo Dios conoce junto con Cristo, Su verdadero Hijo, Quien es parte de Él.” (C-6.1:4-5)

Y después de que el sueño de muerte del ego se termina:

“…no se oirá más la Voz, ya que no volverá a adoptar ninguna forma, sino que retornará a la eterna Amorfía de Dios.” (C-6.5:8)

(10:7) «Y tú, a quien se le ha dado esa Respuesta, no tienes necesidad de nada más.»

Jesús nos suplica que no elijamos los regalos del ego, porque ellos no nos darán lo que queremos; sólo lo harán sus dones. Recordemos este conmovedor pasaje de “Los Regalos de Dios”.

Los regalos de Dios están en mis manos, para dar a cualquiera que intercambie el mundo por el Cielo. Sólo necesitas pronunciar mi nombre y pedirme que acepte el regalo de dolor de manos dispuestas que lo colocarían en las mías, con las espinas depuestas y los clavos desechados mientras uno a uno se abandonan con alegría los lamentables regalos de la tierra. En mis manos está todo lo que deseas y necesitas, y esperas encontrar entre los destartalados juguetes de la tierra. Los tomo de ti y se han ido. Y brillando en el lugar donde una vez estuvieron, hay una puerta de entrada a otro mundo a través de la cual entramos en el Nombre de Dios (Los Regalos de Dios, pp. 118-19).

(11:1) «Ahora vivimos, pues ahora no podemos morir.»

No tomes esta oración fuera de contexto y hagas que signifique que eres inmortal. Eres eterno como Cristo, el Hijo de Dios, pero no como un cuerpo. Así, Jesús no está enseñando que el cuerpo no muere, sino que no puedes morir porque «no» eres un cuerpo, y los cuerpos nunca han vivido. Estas líneas del texto ya deberían ser familiares:

“¡No jures morir, santo Hijo de Dios! Pues eso es hacer un trato que no puedes cumplir. Al Hijo de la Vida no se le puede destruir. Es inmortal como su Padre.” (T-29.VI.2:1-4)

Jesús podría haber dicho tan fácilmente: “¡No jures vivir!”, Ya que la vida y la muerte del cuerpo son lados opuestos de la misma ilusión de separación.

(11:2) «El deseo de morir ha recibido respuesta, y la vista mediante la cual se contemplaba a la muerte ha sido substituida por una visión que percibe que tú no eres lo que pretendes ser.»

Finalmente, a través de la visión de Cristo, nos damos cuenta de que no somos el yo que creíamos ser.

(11:3) «Uno que marcha a tu lado le ofrece a cada uno de tus temores esta piadosa respuesta: “Eso no es cierto”. »

Así odiamos a Jesús y su curso porque ellos no discuten con nosotros, sino que son gentiles recordatorios de que todo lo que pensamos no es verdad. Como mencioné anteriormente: “Y Dios piensa de otra manera” (T-23.I.2: 7).La fuente de nuestra dificultad con Un Curso de Milagros es que no admite transigencias, como vemos en esta declaración exasperantemente simple: “Eso no es cierto.” En el siguiente pasaje, que ya conocemos, Jesús nos enseña a esperar problemas de nuestros egos asustados cuando elegimos caminar con él e identificarnos con su negación indefensa de todo lo que apreciamos:

“Cuando te unes a mí lo haces sin el ego porque yo he renunciado al ego en mí y, por lo tanto, no puedo unirme al tuyo. Nuestra unión es, por consiguiente, la manera de renunciar al ego en ti…Siempre que el miedo se interpone en el camino hacia la paz, es porque el ego ha intentado unirse a nuestra jornada, aunque en realidad no puede hacerlo. Presintiendo la derrota e irritado por ella, se considera rechazado y se vuelve vengativo. Tú eres invulnerable a sus represalias porque yo estoy contigo. En esta jornada me has elegido a mí de compañero «en vez» de al ego. ” (T-8.V.4:1-2; 5:5-8)

(11:4) «Cada vez que el pensamiento de pobreza te oprime, Él te recuerda todos los dones que posees, y cuando te percibes solo y atemorizado, te recuerda que Él siempre está a tu lado.»

Otro resumen del proceso de Un Curso de Milagros: el pensamiento de pobreza nos oprime, nos hace infelices y nos trae dolor, y por eso decimos que debe haber otra manera de verlo, pidiendo la ayuda de Jesús como lo hacemos nosotros. Él nos recuerda que las cosas no son como parecen ser: “Tu dolor”, dice, “no viene de fuera, sino de la decisión temerosa de tu mente de oponerme porque represento la verdad, en cuya presencia tu falso yo desaparecería”. Ese es el trasfondo de sus gentiles palabras: “Eso no es cierto”. Nuevamente, el proceso comienza con mirar a nuestro miserable empobrecimiento, del cual consideramos responsable a otra persona. La línea anterior, por cierto, hace eco de la hermosa súplica de Jesús al final del texto:

“No me niegues el pequeño regalo que te pido, cuando a cambio de ello pongo a tus pies la paz de Dios y el poder para llevar esa paz a todos los que deambulan por el mundo solos, inseguros y presos del miedo.” (T-31.VIII.7:1)

(12:1-2) «Y te recuerda también algo más que tú habías olvidado. Pues al tocarte ha hecho que seas igual que Él. »

El “algo más” que nos recuerda es que el Hijo de Dios es uno – lo que te doy a ti me lo doy a mí mismo. Aquí está su recordatorio:

(12:3-7) «Los dones que posees no son sólo para ti. Ahora tienes que aprender a dar lo que Él vino a ofrecerte. Ésta es la lección que está implícita en lo que Él da, pues Él te ha salvado de la soledad que quisiste forjar para ocultarte de Dios. Él te ha recordado todos los dones con los que Dios te bendijo. Te habla asimismo de aquello en lo que se ha de convertir tu voluntad cuando los aceptes y reconozcas que son tuyos.»

Jesús cambia su enfoque al principio de los intereses compartidos al recordarnos que los dones de Dios no son nuestros, sino de todos. Recuerda, el ego se mantiene en su lugar por la creencia de que nuestros intereses están separados – «uno o el otro»: mi felicidad viene a tu costa. Sin embargo, si te castigo proyectando mi culpa, me doy el mismo “regalo” a mí mismo. Sin embargo, si realmente quiero conocer el Amor de Dios, debo darme cuenta de que no es mío y sólo mío. Si te lo niego, te lo niego a mí. Lo que compartimos con los demás – la culpa o el perdón – se fortalece en nosotros mismos:

“Si compartes una idea, no la debilitas. Toda ella te sigue perteneciendo aunque la hayas dado completamente. Lo que es más, si aquel a quien se la has dado la acepta como suya, eso la refuerza en tu mente, y, por lo tanto, la expande.” (T-5.I.1:11-13)

(13:1) «Los dones de Dios te pertenecen, y se te han confiado para que se los des a todos aquellos que eligen recorrer el solitario camino del que tú te has escapado.»

En el instante santo estoy cuerdo, al darme cuenta de que tomé una decisión equivocada que deshago al elegir al Espíritu Santo como mi Maestro. Cuando estoy más cuerdo que los que me rodean, mi responsabilidad es reflejarles mi elección en favor de la visión – no con mis palabras o acciones, sino identificándome con la Presencia amorosa y pacífica que reside dentro de mí. Así, Jesús nos recuerda gentilmente en este extracto previamente citado de su visión final:

“Hermanos míos en la salvación, no dejéis de oír mi voz ni de escuchar mis palabras. No os pido nada, excepto vuestra propia liberación. El infierno no tiene cabida en un mundo cuya hermosura puede todavía llegar a ser tan deslumbrante y abarcadora que sólo un paso la separa del Cielo. Traigo a vuestros cansados ojos una visión de un mundo diferente, tan nuevo, depurado y fresco que os olvidaréis de todo el dolor y miseria que una vez visteis. Mas tenéis que compartir esta visión con todo aquel que veáis, pues, de lo contrario, no la contemplaréis. Dar este regalo es la manera de hacerlo vuestro. Y Dios ordenó, con amorosa bondad, que lo fuese.” (T-31.VIII.8)

(13:2-4) «Ellos no entienden que lo único que están haciendo es ir en pos de sus deseos. Ahora eres tú quien les tiene que enseñar. Pues has aprendido de Cristo que hay otro camino que pueden recorrer.»

Ellos no entienden que su sufrimiento proviene de una decisión. Al igual que “nadie muere sin su propio consentimiento”, nadie sufre sin su propio consentimiento. Al estar cuerdo, mi paz no se ve afectada por los sueños llenos de dolor de los demás, recordándoles que mi elección en favor de la cordura es de ellos también, y así aceptar la responsabilidad como soñadores de sus sueños. Esto no significa que rechacemos la ayuda a quienes se encuentran en apuros, sino que se ofrece sin la actitud de más-santo-que-tú que dice que estás peor que yo, y en mi bondad me digno a ayudarte. En nuestras mentes, no vemos diferencias entre nosotros mismos y los demás, y ayudamos porque esa es la naturaleza del amor. Aquí, de nuevo, es como Jesús describe nuestra función de enseñar a otros lo que significa caminar con Cristo:

“Los maestros de Dios van a estos pacientes representando otra alternativa que dichos pacientes habían olvidado. La simple presencia del maestro de Dios les sirve de recordatorio. Sus pensamientos piden el derecho de cuestionar lo que el paciente ha aceptado como verdadero. En cuanto que mensajeros de Dios, los maestros de Dios son los símbolos de la salvación. Le piden al paciente que perdone al Hijo de Dios en su Nombre. Representan la Alternativa. Con la Palabra de Dios en sus mentes, vienen como una bendición, no para curar a los enfermos sino para recordarles que hay un remedio que Dios les ha dado ya. No son sus manos las que curan. No son sus voces las que pronuncian la Palabra de Dios, sino que dan sencillamente lo que se les ha dado y exhortan dulcemente a sus hermanos a que se aparten de la muerte: “¡He aquí, Hijo de Dios, lo que la Vida te puede ofrecer! ¿Prefieres elegir la enfermedad en su lugar?”” (M-5.III.2)

(13:5) «Les puedes enseñar esto demostrándoles la felicidad que colma a aquellos que sienten el toque de Cristo y que reconocen los dones de Dios.»

La felicidad podría definirse como mirar el mundo y saber que no eres parte de él – el reconocimiento de que la verdad está en tu mente y no en lo externo. La paz que sientes y la gente experimenta en ti se convierte en el maestro que dice a los demás que pueden tener la paz que ahora disfrutas.

(13:6) «No permitas que tus pesares te tienten a no ser fiel a tu cometido.»

No permitas que el pesar de otra persona o tu propia tentación te hagan creer que este mundo es real, y que el dolor y el sufrimiento provienen del cuerpo en lugar de la decisión de la mente. Ciertamente podemos beneficiarnos de otra mirada a estos dos pasajes incisivos sobre la enfermedad, que nos instan a que no apoyemos los sueños de separación de otros, sino que reforcemos en cambio la unidad reflejada que deshace el sueño:

“Ninguna mente puede estar enferma a menos que otra mente esté de acuerdo en que están separadas. Por lo tanto, su decisión conjunta es estar enfermas. Si te niegas a dar tu conformidad y aceptas el papel que juegas en hacer que la enfermedad sea real, la otra mente no podrá proyectar su culpabilidad, ya que no has colaborado en dejar que se perciba a sí misma como separada y aparte de ti. De este modo, ninguna de las dos percibe el cuerpo como enfermo desde diferentes puntos de vista. Unirte a la mente de un hermano bloquea la causa de la enfermedad y sus percibidos efectos. La curación es el efecto de mentes que se unen, tal como la enfermedad es la consecuencia de mentes que se separan.” (T-28.III.2)

“Aceptar la Expiación para ti mismo significa no prestar apoyo a los sueños de enfermedad y muerte de nadie. Significa que no compartes con ningún individuo su deseo de estar separado ni dejas que vuelque sus ilusiones contra sí mismo. Tampoco deseas que éstas se vuelquen contra ti. De este modo, no tienen ningún efecto. Y te liberas de los sueños de dolor porque permites que él se libere de ellos.” (T-28.IV.1:1-5)

(14:1-4) «Tus suspiros no harían ahora sino truncar las esperanzas de aquellos que cuentan contigo para su liberación. Tus lágrimas son las suyas. Si enfermas, no haces sino impedir su curación. Tus temores no hacen sino enseñarles que los suyos están justificados.»

Jesús no tiene la intención de que tengamos un sentimiento de culpa. Lee esto como lo harías con un maravilloso poema épico, donde te relacionas con el sentimiento y el contenido de las palabras, no con su significado literal. Jesús no está diciendo que tus pensamientos erróneos – lágrimas, suspiros y enfermedades – mantendrán a la gente en el infierno, pero sí «en tu mente». No eres responsable de las decisiones de los demás, como tampoco lo fue Jesús. Observa esta declaración temprana del texto:

“Al proyectar eso sobre otros los aprisionas, pero solo en la medida en que refuerzas los errores que ellos ya han cometido. Eso los hace vulnerables a las distorsiones de los demás, ya que la percepción que tienen de sí mismos está distorsionada. El que obra milagros tan sólo puede bendecirlos, lo cual desvanece sus distorsiones y los libera de su prisión.” (T-1.III.5:9-11)

Simplemente reforzamos una decisión ya tomada. La elección es nuestra si elegir por nosotros mismos, sosteniendo así el recordatorio para nuestro hermano. El contenido que subyace a esta enseñanza es la unidad del Hijo de Dios. Si sufro, mi mente dice que estoy separado de Dios y, por lo tanto, creo que todos los demás también están separados. En el momento en que soy sanado – he tomado la mano de Jesús y experimentado su amor – me doy cuenta de que todos somos uno en ese amor. Así enseño la corrección amorosa que deseo aprender, y la aprendo a medida que la enseño.

Esa es la propiedad curativa del milagro, como leemos:

“Una vez que hayas aceptado esto [la Expiación], tu mente podrá solamente sanar. Al negarle a tu mente cualquier potencial destructivo y restituir de nuevo sus poderes estrictamente constructivos, te colocas en una posición desde la que puedes eliminar la confusión de niveles en otros. El mensaje que entonces les comunicas es el hecho irrefutable de que sus mentes son igualmente constructivas y de que sus creaciones falsas no pueden hacerles daño. Al afirmar esto liberas a la mente de la tendencia a exagerar el valor de su propio recurso de aprendizaje, y la restituyes a su verdadero papel de estudiante.” (T-2.V.5:3-6)

“Cuando percibes correctamente cancelas tus percepciones falsas y las de los demás simultáneamente. Puesto que los ves tal como son, les ofreces tu aceptación de su verdad para que ellos puedan aceptarla en sí mismos. Ésta es la curación que el milagro produce.” (T-3.II.6:5-7)

Para repetir, Jesús no está tratando de imponer culpa porque estás en tu mente errada. Si crees que tu ego lastima a los demás, estás reforzando su elección equivocada. No obstante, tú no eres responsable de ello. Sin embargo, les dices: “Tú eres un ego y tienes razón; soy un ego y también tengo razón ”. Tal locura solo puede herir a la Filiación como una sola.

(14:5-6) «Tu mano se convierte en la que otorga el toque de Cristo; tu cambio de mentalidad se convierte en la prueba de que quien acepta los dones de Dios jamás puede sufrir por nada. Se te ha encomendado liberar al mundo de su dolor.»

Se me “ha encomendado liberar al mundo de su dolor” porque el mundo existe en mi mente. Cuando mi mente se ha curado y he elegido contra el dolor del ego y en favor de la dicha de Dios, en ese instante gozoso el mundo se vuelve uno. Como hemos visto una y otra vez, la mente del Hijo de Dios es una, y «las ideas no abandonan su fuente».

(15:1-2) «No lo defraudes. Conviértete en la prueba viviente de lo que el toque de Cristo puede ofrecerle a todo el mundo.»

En el texto, Jesús nos pide que testifiquemos a los demás – “la prueba viviente” – lo que su toque amable nos puede ofrecer. Ya hemos citado las líneas tercera y cuarta, pero aquí está su contexto más completo, implorándonos que renunciemos a nuestras armas de juicio – “clavos y espinas” – ya que sólo entonces podemos recordar nuestra Identidad, a medida que somos redimidos como el Hijo uno de Dios:

“No hallarás paz hasta que hayas extraído los clavos de las manos del Hijo de Dios y hayas sacado la última espina de su frente. El Amor de Dios rodea a Su Hijo, a quien el dios de la crucifixión condena. No enseñes que mi muerte fue en vano. Enseña, más bien, que no morí, demostrando que vivo en ti. Pues poner fin a la crucifixión del Hijo de Dios es la tarea de la redención, en la cual todo el mundo juega un papel igualmente importante.” (T-11.VI.7:1-5)

Así, Jesús pide: Conviértete en la prueba viviente de los efectos de elegir la visión de Cristo. A través de la paz que viene, te conviertes en un maestro de paz.

(15:3-8) Dios te ha confiado Sus dones. ¡Que tu felicidad dé testimonio de la gran transformación que experimenta la mente que elige aceptarlos y sentir el toque de Cristo! Ésa es tu misión ahora. Pues Dios les ha encomendado a todos los que reciben Sus dones que a su vez los den. Él ha compartido Su gozo contigo. Ahora tú vas a compartirlo con el mundo.

Este no es un llamado a salir y predicar el evangelio a los paganos. Compartes el gozo de Dios con el mundo por tu conciencia de que no eres la figura en el sueño. La gente puede experimentarte de esta manera, pero en el instante santo sabes que tu realidad está fuera de él. Los dones del Amor de Dios, que te han sido confiados, pueden ser compartidos ahora con todos los que todavía se creen indignos de tales dones. Mientras “salimos”, pensamos nuevamente con gratitud por la conclusión inspiradora de Jesús al manual para los maestros, un cierre adecuado a esta inspiradora lección:

“Yo te pongo en Sus Manos con plena confianza, y doy gracias por ti de que así sea.

Y ahora, bendito seas en todo lo que hagas.
Dios te pide ayuda para salvar el mundo.
Maestro de Dios, Él te ofrece Su gratitud
y el mundo entero queda en silencio ante la gracia
del Padre que traes contigo. Tú eres el Hijo que Él ama,
y te es dado ser el medio a través del cual
Su Voz se oye por todo el mundo,
para poner fin a todo lo temporal,
para acabar con la visión de todo lo visible
y para des-hacer todas las cosas cambiantes.
A través de ti se anuncia un mundo que,
aunque no se ve ni se oye, está realmente ahí.
Santo eres, y en tu luz el mundo refleja tu santidad,
pues no estás solo y sin amigos. Doy gracias por ti
y me uno a tus esfuerzos en Nombre de Dios,
sabiendo que también lo son en mi nombre y en el nombre
de todos aquellos que junto conmigo se dirigen hacia Dios.

AMÉN.” (M-29.7:11-8:8) “

~ Del libro “Viaje a Través del Libro de Ejercicios de UCDM” por el Dr. Kenneth Wapnick.

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