Lección 185 – Deseo la paz de Dios. 

 

 

“Esta lección contrasta las relaciones santas y especiales, aunque esas palabras no se usan. La relación especial opera según el principio del ego de «uno o el otro»: tú y yo somos diferentes, y si voy a tener mi inocencia, debe ser a expensas tuyas. Por lo tanto, quiero dar lo menos posible para obtener lo que quiero, y por eso negocio contigo, mientras que tú, por supuesto, haces lo mismo conmigo. Una relación santa es lo opuesto, ya que opera sobre el principio de que nadie pierde y todos ganan; mi felicidad no se basa en tu pérdida, sino en la corrección del Espíritu Santo: “juntos o ninguno en absoluto” (T-19.IV.D.12: 8). La verdadera paz, por lo tanto, viene solo de liberar nuestra inversión en el especialismo: alguien tiene que estar equivocado para que yo tenga razón; alguien tiene que perder para que yo pueda ganar. El arquetipo de ese principio es que Dios tuvo que ser destruido para que yo pudiera existir.

(1:1-2) «Decir estas palabras no es nada. Pero decirlas de corazón lo es todo.»

Hemos discutido la importancia de distinguir entre palabras y experiencia, «forma» y «contenido». Por lo tanto, decir simplemente “deseo la paz de Dios” no es nada si no lo decimos en serio. Necesitamos que nos recuerden con frecuencia que este no es un curso de palabras bonitas: no hemos tenido éxito simplemente porque recordamos la lección cada hora o incluso seis veces por hora. Decir las palabras no es importante, como lo es repetir el Nombre de Dios, sino la voluntad de mirar nuestro sistema de pensamiento, darnos cuenta de que hemos estado equivocados, y cuestionar todos los valores que hemos abrigado (T-24.in.2:1) – «eso» es lo importante. Por lo tanto, renunciamos a la inversión especial de mantener nuestro yo separado a expensas de otro.

(1:3-4) «Si pudieras decirlas de corazón, aunque sólo fuera por un instante, jamás volverías a sentir pesar alguno, en ningún lugar o momento. Recobrarías plena conciencia del Cielo, el recuerdo de Dios quedaría completamente reinstaurado y la resurrección de toda la creación plenamente reconocida.»

Cuando en el instante santo le decimos a Jesús: “Me equivoqué y tú tenías razón, y estoy contento y agradecido de que esto sea así”, el sistema de pensamiento del ego desaparece y, junto con ello, el dolor del mundo. La razón es obvia: elegir la paz sobre la culpa es la elección en favor de la Expiación sobre la separación. En el instante santo, cuando se hace la elección en favor del perdón, el ego – mantenido en su lugar solo por nuestra creencia en él – no puede sino desaparecer a la luz de la resurrección.

(2:1-2) «No hay nadie que pueda decir estas palabras de todo corazón y no curarse. Ya no podría entretenerse con sueños o creer que él mismo es un sueño.»

Estar en el instante santo es estar fuera del sueño. Por lo tanto, hablar de la vida corporal de Jesús no tiene sentido. El pensamiento de amor que «es» Jesús permanece en la mente que ha sanado, más allá del sueño. Lo que aparecía como su cuerpo sólo reflejaba en la «forma» el «contenido» del amor no específico.

(2:3-8) «No podría inventar un infierno y creer que es real. Desea la paz de Dios, y se le concede. Eso es todo lo que desea y todo lo que recibirá. Son muchos los que han dicho estas palabras. Pero ciertamente son muy pocos los que las han dicho de todo corazón. No tienes más que contemplar el mundo que ves a tu alrededor para cerciorarte de cuán pocos han sido.»

La gente ha estado hablando de paz durante milenios, pero aquí no hay paz. Los individuos hablan de paz, pero no son pacíficos. Una vez más, Jesús nos dice cuán difícil es su curso, porque deshace todo lo que hemos aprendido. Simplemente decir estos pensamientos sin decirlos de corazón no es suficiente, porque si realmente los dijésemos en serio, le traeríamos todas nuestras ilusiones, mirando sin juzgar nuestro sistema de pensamiento de separación: especialismo, odio, dolor y muerte. Por lo tanto, podemos creer que podemos inventar un infierno – el mundo del ego de «uno o el otro» – pero no podemos hacerlo real. Ese es el principio de la Expiación:

“La separación no ha interrumpido la creación. La creación no puede ser interrumpida. La separación no es más que una formulación equivocada de la realidad que no tiene consecuencia alguna.” (T-13.VIII.3:3-5)

(2:9-3:1) «El mundo cambiaría completamente sólo con que hubiese dos que estuviesen de acuerdo en que esas palabras expresan lo único que ellos anhelan. Dos mentes con un solo empeño se vuelven tan fuertes que lo que disponen se convierte en la Voluntad de Dios.»

Estas palabras también han sido mal entendidas. Una relación santa no existe entre dos personas. Para que el mundo sea cambiado por mi mente para ser sanado – todo lo que se necesita es que yo no te vea a ti y a mí, como separados. Como se aclara en esta lección, la otra persona ni siquiera tiene que saber esto – puede haber muerto, por ejemplo – ni tiene que estar de acuerdo con lo que estoy haciendo. Las dos mentes que se unen son la mía que se une a las tuya, lo que significa que deshago la creencia previa que dice que mi felicidad viene a expensas tuyas. No necesitas hacer nada más que aceptar la curación que se produce en el instante en que me doy cuenta de que tú y yo compartimos una intención y un propósito.

Una vez más, Jesús no habla de dos personalidades o cuerpos separados que se unen. Si ese fuera el caso, él pondría una condición a nuestra salvación: no podría ser salvo a menos que otro se uniera a mí, haciendo que el cuerpo y la separación fueran reales. Sin embargo, el enfoque de Jesús es sólo deshacer el sistema de pensamiento de separación de mi mente que dice que otro debe perder para que yo pueda ganar. Cuando elijo contra ese principio pidiéndole ayuda a Jesús, mi mente se ha unido a la de otro, porque el Hijo de Dios es uno. Esta, entonces, es la esencia del instante santo: alejarse de la creencia en intereses separados, una decisión que refleja la unidad del Cielo. También es la esencia de la curación, como vemos en estos dos pasajes, uno que ya conocemos, ese estado que requiere dos para establecer una enfermedad, pero sólo uno para curarla:

“Ninguna mente puede estar enferma a menos que otra mente esté de acuerdo en que están separadas. Por lo tanto, su decisión conjunta es estar enfermas. Si te niegas a dar tu conformidad y aceptas el papel que juegas en hacer que la enfermedad sea real, la otra mente no podrá proyectar su culpabilidad, ya que no has colaborado en dejar que se perciba a sí misma como separada y aparte de ti. De este modo, ninguna de las dos percibe el cuerpo como enfermo desde diferentes puntos de vista. Unirte a la mente de un hermano bloquea la causa de la enfermedad y sus percibidos efectos. La curación es el efecto de mentes que se unen, tal como la enfermedad es la consecuencia de mentes que se separan.” (T-28.III.2)

“Aceptar la Expiación para ti mismo significa no prestar apoyo a los sueños de enfermedad y muerte de nadie. Significa que no compartes con ningún individuo su deseo de estar separado ni dejas que vuelque sus ilusiones contra sí mismo…El Espíritu Santo mora en vuestras dos mentes, y Él es Uno porque no hay brecha que pueda dividir Su Unicidad. La brecha que separa vuestros cuerpos es irrelevante, pues lo que está unido en Él es siempre uno. Nadie puede estar enfermo si alguien acepta su unión con él. Su deseo de ser una mente enferma y separada no puede seguir vigente sin un testigo o una causa. Y tanto el testigo como la causa desaparecen si alguien decide unirse a él.” (T-28.IV.1:1-2; 7:1-5)

La curación ocurre dentro de la mente de cada estudiante individual, por lo tanto ocurre en la mente de la Filiación. El manual responde a la pregunta “¿Cuántos maestros de Dios se necesitan para salvar el mundo?” con una sola palabra: «uno» (M-12.1). Sólo necesitamos un maestro de Dios para salvar al mundo porque solo «hay» un maestro – el Hijo de Dios. Esto no significa literalmente Jesús, por cierto, que no es más que una expresión de la mente sanada del Hijo. El único maestro de Dios que salva al mundo eres «tú», cuando en el instante santo eliges al Espíritu Santo como tu maestro. Ya que la mente del Hijo de Dios es una, tu sanación es la sanación de la Filiación.

Estas ideas no se pueden entender desde la perspectiva del mundo, ya que solo se pueden conocer a través de la experiencia de la mente – no del cerebro. En el instante santo – cuando tu mente está fuera del sueño del tiempo y el espacio – la paz y el amor que sientes te dicen que estas palabras son verdaderas. Recuerda este importante pasaje del texto que declara explícitamente la imposibilidad de comprender Un Curso de Milagros (la verdad) desde la perspectiva del mundo (la fantasía):

“¿Crees acaso que puedes llevar la verdad ante las fantasías y aprender lo que significa la verdad desde la perspectiva de lo ilusorio? La verdad no tiene significado dentro de lo ilusorio. El marco de referencia para entender su significado tiene que ser ella misma. Cuando tratas de llevar la verdad ante las ilusiones, estás tratando de hacer que las ilusiones sean reales y de conservarlas justificando tu creencia en ellas.” (T-17.I.5:1-4)

Por lo tanto, las palabras del Curso en sí mismas no significan nada. Es donde te llevan lo que importa. Cuando tu mente deshace su creencia en intereses separados, es restaurada a su unidad con la Voluntad de Dios.

(3:2-5) «Pues las mentes sólo se pueden unir en la verdad. En sueños, no hay dos mentes que puedan compartir la misma intención. Para cada una de ellas, el héroe del sueño es distinto, y el desenlace deseado no es el mismo. El perdedor y el ganador simplemente alternan de acuerdo con patrones cambiantes, según la proporción entre ganancia y pérdida y entre pérdida y ganancia adquiere un matiz diferente o adopta otra forma.»

Jesús está describiendo el sueño de especialismo del ego, donde la dinámica subyacente es que siempre un cuerpo gana y otro pierde. Por lo general, por lo tanto, algunos días crees que ganas el juego de relaciones especiales; algunos días creo que yo gano. Sin embargo, al final los dos perdemos, ya que sólo cuando ambos socios ganan puede haber una verdadera ganancia.

(4:1-6) «No obstante, lo único que se puede hacer en sueños es transigir. A veces ello adopta la forma de una unión, pero sólo la forma. En los sueños nada tiene significado, pues su meta es transigir. Las mentes no pueden unirse en sueños. Sólo pueden negociar. Mas ¿qué trato podrían hacer que les proporcionase la paz de Dios? »

En el especialismo siempre se enfatiza la «forma» y se descarta el «contenido». Hemos visto que la negociación es el núcleo de las relaciones del ego: pago lo menos posible y espero obtener todo lo que pueda a cambio. Sin embargo, el significado real de la relación – la unidad amorosa del Hijo de Dios – no tiene nada que ver con el especialismo en absoluto. Recuerda esta descripción reveladora de esta negociación – es decir, el aspecto sacrificial de la relación especial:

“Lo más curioso de todo es el concepto de yo que el ego fomenta en las relaciones especiales. Este “yo” busca relaciones para completarse a Sí mismo. Pero cuando encuentra la relación especial en la que piensa que puede lograrlo, se entrega a sí mismo, y trata de “intercambiarse” por el yo del otro. Eso no es unión, pues con ello no hay aumento ni extensión. Cada uno de ellos trata de sacrificar el yo que no desea a cambio de uno que cree que prefiere…Ese otro yo “mejor” que el ego busca es siempre uno que es más especial. Y quienquiera que parezca poseer un yo especial es “amado” por lo que se puede sacar de él. Cuando ambos miembros de la relación especial ven en el otro ese yo especial, el ego ve “una unión bendecida en el Cielo”.” (T-16.V.7:1-5; 8:1-3)

La paz del mundo llega cuando obtengo lo que quiero: mi ansiedad se ha ido porque tú has satisfecho mi necesidad de alivio. Cuando sientes lo mismo, tenemos la “unión bendecida en el Cielo” del ego.

(4:7-8) «Las ilusiones pasan a ocupar Su lugar. Y lo que Él es deja de tener significado para las mentes dormidas empeñadas en hacer tratos, cada cual en beneficio propio y a costa de la pérdida de otros.»

El significado de Dios – Su Unicidad y Amor todo-inclusivo – se pierde cuando crees que estás separado y necesitas algo de los demás. Esto no significa que debas sentirte culpable por tu especialismo, sino que no lo justifiques. En su lugar, trae el especialismo a Aquel que puede enseñarte otra forma de verlo. Esto corrige el sistema de pensamiento de sacrificio del ego – «uno o el otro» – que ha reemplazado la unidad de la creación de Dios:

“El sacrificio es una idea clave en la “dinámica” del ataque. Es el eje sobre el que toda transigencia, todo desesperado intento de cerrar un trato y todo conflicto alcanza un aparente equilibrio. Es el símbolo del tema central según el cual «alguien siempre tiene que perder.»” (T-26.I.1:1-3)

(5:1) «Desear la paz de Dios de todo corazón es renunciar a todos los sueños.»

Es por eso que decir estas palabras no es nada. Jesús no está diciendo renunciar a «algunos» sueños, sino a «todos» los sueños. Si verdaderamente eres serio acerca de desear la paz de Dios y regresar a casa, debes ser igual de serio acerca de llevar tus ilusiones a la verdad. No es necesario que las dejes ir, pero al menos puedes tratar de no justificarlas.

Jesús continúa en el mismo sentido:

(5:2-3) «Pues nadie que diga estas palabras de todo corazón desea ilusiones o busca la manera de obtenerlas. Las ha examinado y se ha dado cuenta de que no le ofrecen nada.»

Estas son dos oraciones importantes. Para ser sincero acerca de desear la paz de Dios, necesitas mirar tus sueños – con el amor de Jesús a tu lado – y decir: “¡Qué tonto pensar que mi especialismo podría darme lo que quiero!” De este modo, dejarías de buscar “la manera de obtener las ilusiones”; es decir, ya no fomentarías las relaciones con el fin de satisfacer tus necesidades. Este cambio es el componente fundamental del perdón: «negar la negación de la verdad» (T-12.11.1: 5), diciendo no a la negación de Dios por parte del ego (T-21.VII.12).

(5:4-6) «Ahora procura ir más allá de ellas, al reconocer que otro sueño sólo le ofrecería lo mismo que los demás. Para él, todos los sueños son uno. Y ha aprendido que la única diferencia entre ellos es la forma que adoptan, pues cualquiera de ellos suscitará la misma desesperación y zozobra que los demás.»

Comienzas a generalizar tu aprendizaje, dándote cuenta de que nunca encontrarás lo que quieres en este mundo: no en una relación más satisfactoria, un mejor auto, una casa más grande o un trabajo más lucrativo. Habrás comprendido que todo lo que haces es intercambiar un sueño por otro, creyendo arrogantemente que sabes lo que es mejor para ti. Sin embargo, lo que no es de Dios no puede ser real, y no puede ayudar sino a traer la desesperación y la miseria que inevitablemente sigue a la separación de nuestra única dicha. Así, todos los sueños son vistos como una ilusión, reflejando el único mundo perceptivo hecho para ocupar el lugar del conocimiento del Cielo. La mente sanada ve más allá de las formas multitudinarias del mundo -tal como la enfermedad- a su contenido único e ilusorio, y luego más allá de ello a la verdad, como ahora nos recordamos a nosotros mismos:

“Los ojos del cuerpo continuarán viendo diferencias. Pero la mente que se ha permitido a sí misma ser curada, dejará de aceptarlas. Habrá quienes parezcan estar más “enfermos” que otros, y los ojos del cuerpo informarán, como antes, de los cambios que se produzcan en su aspecto. Mas la mente curada los clasificará a todos de la misma manera: como irreales. Éste es el don de su Maestro: el entendimiento de que, al clasificar los mensajes que la mente recibe de lo que parece ser el mundo externo sólo dos categorías son significativas. Y de éstas, sólo una es real.” (M-8.6:1-6)

(6:1) «La mente que desea la paz de todo corazón debe unirse a otras mentes,»

Jesús no dice “otros cuerpos” u “otros individuos”; dice “otras mentes”. Tu mente está aparentemente atrapada en el infierno físico que llamamos mundo, así como la mía, porque compartimos la misma ilusión y necesidad, y no podemos escapar sin el otro. Así son nuestros intereses uno. Esto no significa que, literalmente, tengo que hacerlo contigo, como hemos discutido, sino que en mi mente no puedo hacerlo sin ti – porque tú y yo somos uno. De «El Canto de Oración»:

“Ahora puedes decir a todo aquel que venga a unirse en oración contigo: «No puedo ir sin ti, pues eres parte de mí.» Y así lo es en verdad.” (S-1.V.3:8-10)

(6:1-2) «La mente que desea la paz de todo corazón debe unirse a otras mentes, pues así es como se alcanza la paz. Y cuando el deseo de paz es genuino, los medios para encontrarla se le conceden en una forma tal que cada mente que honradamente la busca pueda entender.»

Para repetir, al decir que Dios o el Espíritu Santo nos da lecciones, nos envía personas o tiene un plan, Jesús habla metafóricamente. El plan del Espíritu Santo, como vimos en la Lección 135, es la Expiación: Su Presencia amorosa en nuestras mentes. Si creemos que tiene una forma específica, es porque hemos tomado el plan de Expiación abstracto y lo hemos traducido en algo que podemos aceptar y entender. Por lo tanto, una vez más, no confundir los símbolos de Un Curso de Milagros con su fuente.

El medio para encontrar la paz es una relación. Sin embargo, la relación no se nos da, ya estamos en relaciones. Cuando mi deseo de paz es genuino y honestamente le pido ayuda a Jesús, veo las oportunidades que estuvieron allí todo el tiempo. Antes, los veía como oportunidades de asesinato: o me matas a mí o te mato a ti, pero uno sobrevivirá. Ahora se convierten en mi oportunidad de aprender que no puedo hacer esto por mi cuenta. Mis intereses egoístas no traen nada, pero mis intereses desinteresados traen todo. Aprender de estas oportunidades es nuestra función especial, como vemos en el siguiente pasaje. Su contexto es aprender que preferimos la cordura de Dios – Su perfecta Unidad – a la locura del ego de separación. Las formas de esta locura difieren ampliamente, pero el contenido cuerdo del perdón permanece constante cuando se ve a través de los ojos del Espíritu Santo:

“Tu función especial es aquella forma en particular que a ti te parece más significativa y sensata para demostrar el hecho de que Dios no es demente. El contenido es el mismo. La forma se adapta a tus necesidades particulares, y al tiempo y lugar concretos en los que crees encontrarte, y donde puedes ser liberado de dichos conceptos, así como de todo lo que crees que te limita…Pero puesto que Dios no está loco, ha designado a Uno tan cuerdo como Él para que le presente un mundo de mayor cordura a todo aquel que eligió la demencia como su salvación…El Espíritu Santo no hace sino señalarle otra alternativa, otro modo de contemplar lo que antes veía, que él reconoce como el mundo en el que vive, el cual creía entender.” (T-25.VII.7:1-3; 8:2,4)

(6:3-4) «Sea cual sea la forma en que se presente la lección, ha sido planeada para él de tal forma que si su petición es sincera, no dejará de verla. Mas si su petición no es sincera, no habrá manera de que pueda aceptar la lección o realmente aprenderla.»

Repitiendo este punto importante, el Espíritu Santo no hace planes para nosotros. «Nosotros» somos los que hemos hecho el plan – un plan de muerte. Sin embargo, cuando nos damos cuenta de nuestro error, el plan de especialismo del ego se convierte en una oportunidad de aprendizaje para ser guiados al hogar de la vida de tal manera que no podemos confundirlo – si nuestra petición es sincera. Jesús nos invita a ser sinceros con nosotros mismos, a reconocer la falta de sinceridad y autenticidad en nuestro deseo de paz. Desear la paz significa realmente la voluntad de abandonar la guerra, al ver cómo nuestras vidas no han sido más que una serie de batallas – sin sinceridad, debemos percibirnos injustamente tratados, justificando nuestros ataques a cambio.

(7:1-3) «Dediquemos hoy nuestra práctica a reconocer que nuestras palabras son sinceras. Deseamos la paz de Dios. No es éste un deseo vano.»

Jesús nuevamente se dirige al niño pequeño que está en el interior y quiere regresar a su hogar, dándose cuenta de que este mundo es ajeno a él. En la Lección 73, vimos a Jesús distinguiendo entre «deseo» y «voluntad», explicados más detalladamente en el texto. He aquí un pasaje representativo que pone de relieve la fortaleza de nuestros deseos de mentalidad correcta -unirse con Jesús- reflejando la unión de nuestra voluntad con la de Dios:

“Crees que hacer lo opuesto a la Voluntad de Dios va a ser más beneficioso para ti. Crees también que es posible hacer lo opuesto a la Voluntad de Dios…Sin embargo, Dios dispone, no desea. Tu voluntad es tan poderosa como la Suya porque es la Suya. Los deseos del ego no significan nada porque el ego desea lo imposible. Puedes desear lo imposible, pero sólo puedes ejercer tu voluntad en armonía con la de Dios. En eso estriba la debilidad del ego, así como tu fortaleza…Dije antes que tú eres la Voluntad de Dios. Su Voluntad no es un deseo trivial, y tu identificación con Su Voluntad no es algo optativo, puesto que es lo que tú eres. Compartir Su Voluntad conmigo no es optativo tampoco, aunque parezca serlo.” (T-7.X.4:3-4, 6-11; 6:4-6)

(7:4-8:1) «Estas palabras no piden que se nos dé otro sueño. No procuran transigir, ni es su afán hacer otro trato con la esperanza de que aún haya un sueño que pueda tener éxito cuando todos los demás han fracasado. Decir estas palabras de corazón es reconocer la futilidad de las ilusiones y pedir lo eterno en lugar de sueños cambiantes que parecen ofrecerte distintas cosas, pero que en realidad son igualmente insubstanciales.

Dedica hoy tus sesiones de práctica a escudriñar minuciosamente tu mente a fin de descubrir los sueños que todavía anhelas.»

Estos pasajes nos dicen por qué es importante que no llevemos a Jesús al sueño y pidamos ayuda específica. Cuando lo hacemos, pedimos que nuestro sueño se haga mejor, y así lo hemos hecho realidad. Como hemos visto, «es» importante pedirle ayuda cuando demos nuestros primeros pasos en el viaje. Sin embargo, ese nivel de relación no debería ser por mucho tiempo; de lo contrario sólo estaríamos pidiendo un sueño más feliz, no la liberación que es la voluntad de Jesús para nosotros.

No hemos visto la idea de “escudriñar minuciosamente tu mente” por muchas, muchas lecciones, pero recuerda que al principio del libro de ejercicios, Jesús enfatizó este aspecto importante de nuestro entrenamiento – la honestidad que nos enseña es tan esencial para nuestro perdón. Necesitamos ser conscientes de las sutilezas de nuestras inversiones en el especialismo – que nuestras necesidades específicas sean satisfechas por los diversos ídolos que el ego nos enseñó a apreciar en su mundo de ilusión lleno de odio.

“Todos los ídolos de este mundo fueron concebidos para impedirte conocer la verdad que se encuentra en tu interior y para que le fueses leal al sueño de que para ser íntegro y feliz tienes que encontrar lo que se encuentra fuera de ti mismo. Es inútil rendirle culto a los ídolos y esperar hallar paz. Dios mora en tu interior, y tu plenitud reside en Él. Ningún ídolo puede ocupar Su lugar. No recurras a ídolos. No busques fuera de ti mismo.” (T-29.VII.6)

No es necesario que te sientas culpable por tu búsqueda de ídolos, pero es esencial que estés al tanto de “los sueños que todavía anhelas”, porque te impedirán aprender.

(8:2-4) «¿Qué es lo que realmente deseas de corazón? Olvídate de las palabras que empleas al hacer tus peticiones. Considera solamente lo que crees que te brindará consuelo y felicidad.»

Nuevamente vemos a Jesús instándonos a ir más allá de la «forma» de nuestras palabras a su «contenido», como se muestra en el siguiente pasaje. Recuerda, él nos está pidiendo que entendamos que sólo su sistema de pensamiento de perdón nos traerá paz y felicidad:

“Estrictamente hablando, las palabras no juegan ningún papel en el proceso de curación. El factor motivante es la oración o petición. Recibes lo que pides. Pero esto se refiere a la oración del corazón, no a las palabras que usas al orar.” (M-21.1:1-4)

(8:5) «Pero no te desalientes por razón de las ilusiones que aún perduran, pues la forma que éstas adoptan no es lo que importa ahora.»

Jesús nos pide que no nos molestemos si todavía encontramos ilusiones de especialismo en nuestras mentes. Por lo tanto, nos consuela en el manual: “No te desesperes, pues, por causa de tus limitaciones.” (M-26.4: 1), y en el texto:

“Concéntrate sólo en ella [tu voluntad] y no dejes que el hecho de que esté rodeada de sombras te perturbe. Ésa es la razón por la que viniste. Si hubieses podido venir sin ellas no tendrías necesidad del instante santo.” (T-18.IV.2:4-6)

Nuevamente, no debemos sentirnos culpables porque aún mantenemos nuestros sueños de especialismo. “Pero no los escondas de mí”, nos dice Jesús, “y por favor no los espiritualices ni los justifiques. Sobre todo, no creas que estoy enseñando que eres especial – esto es lo que «tú» quieres que te enseñe. En cambio, te estoy enseñando a dejar atrás este mundo especial. Sin embargo, no puedo ser de ayuda si me ocultas tus ilusiones”. La súplica de Jesús se subraya en esta exhortación del texto:

“La condición necesaria para que el instante santo tenga lugar no requiere que no abrigues pensamientos impuros. Pero sí requiere que no abrigues ninguno que desees conservar…La Expiación no existiría si no hubiese necesidad de ella. No serás capaz de aceptar la comunicación perfecta mientras sigas queriendo ocultártela a ti mismo. Pues lo que deseas ocultar se encuentra oculto para ti. En tu práctica, por consiguiente, trata solamente de mantenerte alerta contra el engaño, y no trates de proteger los pensamientos que quieres negarte a compartir. Deja que la pureza del Espíritu Santo los desvanezca con su fulgor, y concéntrate sólo en estar listo para la pureza que Él te ofrece.” (T- 15.IV.9:1-2, 5-9)

(8:6-7) «No dejes que algunos sueños te resulten más aceptables, mientras que te avergüenzas de otros y los ocultas. Son todos el mismo sueño.»

Jesús nos está pidiendo que le llevemos todos nuestros sueños, especialmente aquellos de los que más nos avergonzamos. Después de todo, las ilusiones son ilusiones – sentirse culpable por una sola ilusión las hace a todas reales – y el objetivo de Un Curso de Milagros es enseñarnos esta verdad.

(8:8) «Y puesto que todos son el mismo, debes hacer la siguiente pregunta con respecto a cada uno de ellos: “¿Es esto lo que deseo en lugar del Cielo y de la paz de Dios?”»

Esta es la pregunta fundamental que Jesús nos insta a considerar: “¿Deseo el especialismo que he hecho y continúo justificando y complaciendo? De hecho, ¿por qué lo haría yo, sabiendo que no me hace feliz?” En el texto, recordarás, Jesús plantea esta última de las cuatro preguntas, a la que todavía tenemos que responder: “¿Y deseo ver aquello que negué porque es la verdad?” (T-21.VII.5: 14).

(9:1-4) «Ésta es la elección que tienes ante ti. No te dejes engañar pensando que es de otra manera. En esto no es posible transigir. Pues o bien eliges la paz de Dios o bien pides sueños.»

Esa es la elección, no las innumerables posibilidades que ofrece el mundo. Elegimos entre la felicidad y la miseria, la forma de mentalidad correcta de entender «uno o el otro».

(9:5-6) «Y éstos vendrán a ti tal como los hayas pedido. Mas la paz de Dios vendrá con igual certeza para permanecer contigo para siempre.»

Como la Lección 253 nos dice, somos los amos del universo de las mentes correctas y erradas, y tenemos el poder de elegir nuestra experiencia: felicidad o desdicha, paz o dolor.

(9:7) «No desaparecerá con cada curva o vuelta del camino, para luego reaparecer sin que sea reconocible, en formas que cambian y varían con cada paso que das.»

Independientemente de lo que suceda en nuestras vidas, la paz de Dios es constante. Como ejemplo, podrías estar en Auschwitz y estar en paz, porque la paz de Dios nunca cambiará. Es esta constancia la que establece su valor:

“En el Cielo está todo lo que Dios valora, y nada más…Todo es claro y luminoso, y suscita una sola respuesta. En el Cielo no hay tinieblas ni contrastes. Nada varía ni sufre interrupción alguna. Lo único que se experimenta es una sensación de paz tan profunda que ningún sueño de este mundo ha podido jamás proporcionarte ni siquiera el más leve indicio de lo que dicha paz es.” (T-13.XI.3:7, 9-13)

(10:1-3) «Deseas la paz de Dios. Y eso es lo que desean también todos los que parecen ir en pos de sueños. Esto es lo único que pides tanto para ellos como para ti cuando haces esta petición con profunda sinceridad.»

Todos necesitamos lo mismo, y compartir la ilusión de separación nos une en el nivel del ego. Del mismo modo, somos uno en el nivel de mentalidad correcta, compartiendo el deseo de ser liberados del sueño. El significado de nuestra unión es que – en la mente – no nos vemos a nosotros mismos como separados de los demás. Al final, por supuesto, estamos unidos en el Cielo como Cristo.

(10:4) «Pues de esa manera procuras alcanzar lo que ellos desean realmente, y unes tu intención a lo que ellos quieren por encima de todas las cosas, hecho éste que tal vez les sea desconocido, si bien para ti es indudable.»

Como se discutió anteriormente, unirse a otro no significa que esa persona se una directamente contigo, ya que el proceso ocurre sólo en la mente. Es por eso que los estudiantes de Un Curso de Milagros nunca deben dejar que su metafísica se aleje demasiado de ellos; de lo contrario, la confusión entre mente y cuerpo, fuente y símbolo es inevitable. Unirse significa dejar de lado la creencia de la mente en intereses separados, identificándose en cambio con la creencia de Jesús de que todos los intereses son uno. En “Más allá del cuerpo”, Jesús describe la condición de la paz: unirse con algo que se percibe como separado de ti. La importancia de este pasaje único para aclarar que la unión ocurre en la mente y no el cuerpo merece una cita más extensa de lo habitual:


“Todo el mundo ha experimentado lo que podría describirse como una sensación de ser transportado más allá de sí mismo. Esta sensación de liberación va mucho más allá del sueño de libertad que a veces se espera encontrar en las relaciones especiales. Es una sensación de habernos escapado realmente de toda limitación. Si examinases lo que esa sensación de ser “transportado” realmente supone, te darías cuenta de que es una súbita pérdida de la conciencia corporal, y una experiencia de unión con otra cosa en la que tu mente se expande para abarcarla. Esa otra cosa pasa a formar parte de ti al tú unirte a ella. Y tanto tú como ella os completáis, y ninguno se percibe entonces como separado. Lo que realmente sucede es que has renunciado a la ilusión de una conciencia limitada y has dejado de tenerle miedo a la unión. El amor que instantáneamente reemplaza a ese miedo se extiende hasta lo que te ha liberado y se une a ello. Y mientras esto dura no tienes ninguna duda acerca de tu Identidad ni deseas limitarla. Te has escapado del miedo y has alcanzado la paz, no cuestionando la realidad, sino simplemente aceptándola. Has aceptado esto en lugar del cuerpo, y te has permitido a ti mismo ser uno con algo que se encuentra más allá de éste, al simplemente no permitir que tu mente esté limitada por él.

Esto puede ocurrir independientemente de la distancia física que parezca haber entre ti y aquello a lo que te unes; independientemente de vuestras respectivas posiciones en el espacio o de vuestras diferencias de tamaño y aparente calidad. El tiempo es irrelevante: la unión puede ocurrir con algo pasado, presente o con algo que se prevé. Ese “algo” puede ser cualquier cosa y estar en cualquier parte; puede ser un sonido, algo que se ve, un pensamiento, un recuerdo, o incluso una idea cualquiera sin ninguna referencia concreta. Mas siempre te unes a ello sin reservas porque lo amas y quieres estar a su lado. Por eso te apresuras a ir a su encuentro, dejando que tus limitaciones se desvanezcan, aboliendo todas las “leyes” que tu cuerpo obedece y apartándote serenamente de ellas.” (T-18.VI.11-12)

Las leyes del cuerpo – las leyes de separación del ego – desaparecen porque nos unimos fuera de nuestros yoes. Independientemente de la forma en tome la unión, la curación ha ocurrido, porque el instante santo no sabe de magnitud o importancia: no hay grados de dificultad en los milagros (T-1.I.1: 1).

(10:5-7) «Ha habido ocasiones en las que has sido débil y en las que has estado indeciso acerca de tu propósito, inseguro con respecto a lo que quieres, adónde ir a buscarlo o adónde acudir en busca de ayuda. Mas la ayuda ya se te ha dado. ¿No la aprovecharías ahora compartiéndola?»

No puedo tener el amor de Jesús y guardármelo para mí, porque su amor debe abarcar a toda la Filiación. Excluir a alguien de su amor niega su amor, y lo hago solo porque, habiendo temido su enseñanza, quería que mis juicios lo mantuvieran alejado. Así, Jesús nos recuerda que hemos vacilado: “Ha habido ocasiones en las que has sido débil y en las que has estado indeciso acerca de tu propósito”.

(11) «Nadie que realmente busque la paz de Dios puede dejar de hallarla. Pues lo único que pide es dejar de engañarse a sí mismo, al negarse lo que la Voluntad de Dios dispone. ¿Quién que pida lo que ya es suyo podría quedar insatisfecho? ¿Quién que pida una respuesta que él puede dar puesto que dispone de ella puede decir que no se le ha contestado? La paz de Dios es tuya.»

La paz no es algo que Dios tiene que darnos; es algo que aceptamos, al elegir no ver los intereses de alguien como separados de los nuestros. Este es el feliz reflejo de la Voluntad de Dios: la Unidad con Su hijo.

(12:1-3) «La paz fue creada para ti; tu Creador te la dio y la estableció como Su propio regalo eterno. ¿Cómo ibas a poder fracasar cuando tan sólo estás pidiendo lo que Él dispone para ti? ¿Y cómo podría ser que lo que pides fuese solamente para ti?»

Si realmente deseas el Amor de Dios, debes ver a todos como uno contigo. Esto no se puede decir con demasiada frecuencia, y Jesús nos pide en «El Canto de Oración» que veamos a nuestro compañero especial de odio como nuestro hermano, el Hijo que compartimos:

“Extiende tu mano. Este enemigo ha venido a bendecirte. Recibe su bendición, y siente cómo tu corazón se eleva y se libera tu miedo. No te aferres al miedo, ni a él. Él es un Hijo de Dios, junto contigo. No es un carcelero, sino un mensajero de Cristo. Sé esto para él, para que puedas verlo así.” (S-1.III.5:3-9)

(12:4-5) «No hay ningún don de Dios que no sea para todos. Éste es el atributo que distingue a los dones de Dios de todos los sueños que jamás parecieron ocupar el lugar de la verdad.»

Cada sueño en este mundo tiene un ganador y un perdedor. Recordemos nuevamente que no estamos hablando de la «forma». Jesús no se refiere a que debas amar a todos de la misma manera, sino que tu amor no debe excluir a nadie más – en «contenido»: tu amor por uno no debe ser una elección contra otro. El amor -puesto que es uno- sólo puede ser compartido, si es que ha de ser él mismo. Así, pues, el Espíritu Santo nos pide que compartamos Su juicio, pidiéndonos que le traigamos nuestros juicios de exclusión:

“No hay nada en este mundo que pueda brindarte semejante paz porque no hay nada en este mundo que se comparta totalmente. La percepción perfecta tan sólo puede mostrarte lo que se puede compartir plenamente. Puede mostrarte asimismo lo que resulta de ese compartir, mientras todavía tengas presente los resultados de no compartir. El Espíritu Santo señala calladamente el contraste, sabiendo que, en última instancia, dejarás que Él juzgue por ti la diferencia, permitiéndole que te muestre cuál de las dos alternativas es cierta. Tiene perfecta fe en tu juicio final porque sabe que es Él Quien lo emitirá por ti.” (T-13.XI.4:1-5)

(13:1) «Cuando un don de Dios ha sido pedido y aceptado por cualquiera, nadie pierde, sino que todos salen ganando.»

Esta es la respuesta de Jesús al principio del ego de «uno o el otro». En el texto, se refiere a esto como “la roca sobre la que descansa la salvación” (T-25.VII.12: 7): todos ganan y nadie pierde. Recuerda esta declaración de la roca de la salvación, en el contexto de nuestra función especial de perdón:

“La salvación es el renacimiento de la idea de que nadie tiene que perder para que otro gane. Y todo el mundo «tiene» que ganar, si es que uno solo ha de ganar…Ésta es la roca sobre la que descansa la salvación, el punto estratégico desde el que el Espíritu Santo le confiere significado y dirección al plan en el que tu función especial tiene un papel que jugar. Pues aquí tu función especial se vuelve íntegra porque comparte la función de la totalidad.” (T-25.VII.12:1-2, 7-8)

(13:2-3) «Dios da sólo con el propósito de unir. Para Él, quitar no tiene sentido.»

Esta es la respuesta de Jesús a la tercera ley del caos del ego:

“[Dios] tiene entonces que aceptar la creencia que Su Hijo tiene de sí mismo [un pecador] y odiarlo por ello. Observa cómo se refuerza el temor a Dios por medio de este tercer principio. Ahora se hace imposible recurrir a Él en momentos de tribulación, pues Él se ha convertido en el “enemigo” que la causó y no sirve de nada recurrir a Él…No hay manera de liberarse o escapar. La Expiación se convierte en un mito, y lo que la Voluntad de Dios dispone es la venganza, no el perdón. Desde allí donde todo esto se origina, no se ve nada que pueda ser realmente una ayuda. Sólo la destrucción puede ser el resultado final. Y Dios Mismo parece estar poniéndose de parte de ello para derrotar a Su Hijo.” (T-23.II.6:6-7:3; 8:1-5)

La buena noticia, por supuesto, es que el Amor de Dios nunca quita. Simplemente ama.

(13:4-5) «Y cuando tampoco lo tenga para ti, sabrás a ciencia cierta que compartes una sola Voluntad con Él, así como Él contigo. Y también sabrás que compartes una sola Voluntad con todos tus hermanos, cuya intención es la tuya.»

Una vez más, Jesús expresa el objetivo final de su curso – la conciencia de nuestra unidad, como recordamos:

“El Reino de los Cielos es la morada del Hijo de Dios, quien no abandonó a su Padre ni mora separado de Él. El Cielo no es un lugar ni tampoco una condición. Es simplemente la conciencia de la perfecta Unicidad y el conocimiento de que no hay nada más: nada fuera de esta Unicidad, ni nada adentro.” (T-18.VI.1:4-6)

Esta conciencia retorna a nosotros cuando elegimos contra el sacrificio y la pérdida del ego.

(14:1) «Es esa única intención lo que buscamos hoy al unir nuestros deseos a la necesidad de cada corazón, al llamamiento de cada mente, a la esperanza que se encuentra más allá de toda desesperación, al amor que el ataque quisiera ocultar y a la hermandad que el odio ha intentado quebrantar, pero que aún sigue siendo tal como Dios la creó.»

Para decirlo de nuevo, no nos unimos al cuerpo de un hermano, sino a la llamada de su mente que hace eco de la llamada en la nuestra. Esa es la “única intención” que hace que una relación sea santa: pasar de la creencia en intereses separados a la aceptación de que todos los intereses son iguales.

(14:2) «Con semejante ayuda a nuestro lado, ¿cómo íbamos a poder fracasar hoy cuando pedimos que se nos conceda la paz de Dios?»

Cuando te sientes disgustado, es solo porque te has separado de la Ayuda que está dentro de ti. La causa del disgusto es, por lo tanto, el miedo al amor dentro de tu mente, que pone fin a tu identidad individual. Para proteger este yo separado, niegas haber alejado a Jesús, atribuyendo tu pérdida de paz a algún agente externo. Sin embargo, nunca lo alejaste verdaderamente, porque su amor permaneció contigo, tal como se expresa en este hermoso pasaje que citamos antes. Ello lleva nuestra discusión de la lección a un final suavemente reconfortante y lleno de esperanza:

“¿Cómo es posible que tú que eres tan santo puedas sufrir? Todo tu pasado, excepto su belleza, ha desaparecido, y no queda ni rastro de él, salvo una bendición. He salvaguardado todas tus bondades y cada pensamiento amoroso que jamás hayas abrigado. Los he purificado de los errores que ocultaban su luz, y los he conservado para ti en su perfecta luminiscencia. Se encuentran más allá de la destrucción y de la culpabilidad. Procedieron del Espíritu Santo en ti, y sabemos que lo que Dios crea es eterno. Puedes ciertamente partir en paz porque te he amado como me amé a mí mismo. Mi bendición va contigo para que la extiendas. Consérvala y compártela, para que sea siempre nuestra. Pongo la paz de Dios en tus manos y en tu corazón para que la conserves y la compartas. El corazón la puede conservar debido a su pureza y las manos la pueden ofrecer debido a su fuerza. No podemos perder. Mi juicio es tan poderoso como la sabiduría de Dios, en Cuyo Corazón y Manos radica nuestra existencia. Sus sosegadas criaturas son Sus Hijos benditos. Los Pensamientos de Dios están contigo.” (T-5.IV.8) “

~ Del libro “Viaje a Través del Libro de Ejercicios de UCDM” por el Dr. Kenneth Wapnick.

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