( Lección 189: “Siento el Amor de Dios dentro de mí ahora” )

“Como mencioné al comienzo de la Lección 188, esta lección también se centra en la luz. El mundo real – el reflejo de la luz del Cielo – es también un punto importante de la discusión.

(1:1-3) «Hay una luz en ti que el mundo no puede percibir. Y con sus ojos no la podrás ver, pues estás cegado por él. No obstante, tienes ojos con los que poder verla. Está ahí para que la contemples.»

La verdad nunca se puede ver a través de los ojos del cuerpo. Percibimos su luz cuando nos identificamos con el sistema de pensamiento de Jesús en lugar del nuestro, ya que su visión es independiente de la vista física. En la lección anterior, cité un pasaje que es la fuente de estas líneas iniciales, y repito sus primeras cinco oraciones que describen la luz del mundo real, vista solo con el ojo sanado de la mente:

“Hay una luz que este mundo no puede dar. Mas tú puedes darla, tal como se te dio a ti. Y conforme la des, su resplandor te incitará a abandonar el mundo y a seguirla. Pues esta luz te atraerá como nada en este mundo puede hacerlo. Y tú desecharás este mundo y encontrarás otro.” (T-13.VI.11:1-5)

De hecho, el propósito de los ojos del cuerpo no era ver la luz del perdón que anuncia el mundo real, que se encuentra a través de la visión de Cristo.

(1:4-7) «No se puso en ti para que se mantuviese oculta de tu vista. Esta luz es un reflejo del pensamiento con el que practicamos ahora. Sentir el Amor de Dios dentro de ti es ver el mundo renovado, radiante de inocencia, lleno de esperanza y bendecido con perfecta caridad y amor.»

El ego oculta la luz al hacer real la oscuridad de la culpa. Cuando pedimos ayuda para elegir contra lo irreal, nos capacitamos para “ver el mundo renovado” y alcanzar el mundo real. Jesús nos recuerda nuevamente que este logro no implica nada a nivel del comportamiento, ya que resulta simplemente de la liberación de la mente de los pensamientos del ego.

Viendo el mundo desde fuera del sueño, nos damos cuenta de que lo que vimos antes era ilusorio. Por lo tanto, el mundo real llega aceptando la corrección del Espíritu Santo – Su visión de nuestra eterna inocencia – para nuestra vista dormida que solo ve lo efímero:

“La corrección es para todos aquellos que no pueden ver. La misión del Espíritu Santo es abrirle los ojos a los ciegos, pues Él sabe que no han perdido su visión, sino que simplemente duermen. Él los despertará del sueño del olvido y los llevará al recuerdo de Dios. Los ojos de Cristo están abiertos, y Él contemplará con amor todo lo que veas si aceptas Su visión como tuya…Él [Cristo] contempla serenamente el mundo real, que desea compartir contigo porque sabe que Su Padre lo ama. Y sabiendo esto, desea darte lo que es tuyo.” (T-12.VI.4:1-4; 5:6-7)

(2:1-2) «¿Quién podría sentir temor en un mundo así? Dicho mundo te da la bienvenida, se regocija de que hayas venido y te canta alabanzas mientras te mantiene a salvo de cualquier peligro o dolor.»

Esto no significa que alguien no pueda atacarte física o verbalmente. Simplemente significa que lo que será atacado es la figura del sueño, no el soñador. ¿Cómo, entonces, podrías salir herido? Análogamente, sueñas por la noche que estás herido, y luego te despiertas y te sientes perfectamente bien. Mientras dormías sentías dolor, ultraje e indignación, pero fuera del sueño, tú – la mente que toma decisiones – te das cuenta de que la figura que sufría no era «tú», y por lo tanto, a salvo dentro del amor cuerdo de Dios, no experimentas dolor, peligro o miedo de ningún tipo:

“La Voluntad de Dios es que nada, excepto Él Mismo, ejerza influencia sobre Su Hijo, y que nada más ni siquiera se aproxime a él. Su Hijo es tan inmune al dolor como lo es Él, Quien lo protege en toda situación. El mundo que le rodea refulge con amor porque Dios ubicó a Su Hijo en Sí Mismo donde no existe el dolor y donde el amor le rodea eterna e ininterrumpidamente. Su paz no puede ser perturbada. El Hijo de Dios contempla con perfecta cordura el amor que le rodea por todas partes y que se encuentra asimismo dentro de él. Y negará forzosamente el mundo del dolor en el instante en que se perciba rodeado por los brazos del amor. Y desde este enclave seguro mirará serenamente a su alrededor y reconocerá que el mundo es uno con él.” (T-13.VII.7)

(2:3-6) «Te ofrece un hogar cálido y tranquilo en el que permanecer por un tiempo. Te bendice a lo largo del día, y te cuida durante la noche, cual silencioso guardián de tu sueño santo. Ve en ti la salvación, y protege la luz que mora en ti, en la que ve la suya propia. Te ofrece sus flores y su nieve como muestra de agradecimiento por tu benevolencia.»

Este mundo – el mundo real – es el hogar que precede a nuestro despertar en el Cielo, al cual el Espíritu Santo nos guía suave y silenciosamente:

“Siempre que te sientas tentado de emprender un viaje inútil que no haría sino alejarte de la luz, recuerda lo que realmente quieres, y di:

El Espíritu Santo me conduce hasta Cristo, pues, ¿a qué otro sitio querría ir? ¿Qué otra necesidad tengo, salvo la de despertar en Él?

Síguele luego lleno de júbilo, confiando en que Él te conducirá a salvo a través de todos los peligros que este mundo pueda presentar ante ti…y no pierdas la calma, pues el viaje que estás emprendiendo hacia la paz de Dios, en cuya quietud Él quiere que estés, es un viaje sereno.” (T-13.VII.14:1-15:1, 3)

(3:1-4) «Éste es el mundo que el Amor de Dios revela. Es tan diferente del mundo que ves a través de los enturbiados ojos de la malicia y del miedo, que uno desmiente al otro. Sólo uno de ellos puede percibirse en absoluto. El otro no tiene ningún significado.»

Cuando estoy en un estado de ego, el mundo real es una ilusión y no significa nada. En el mundo real, sin embargo, el amor es mi única identidad y el mundo del ego carece de significado. Estos son estados mutuamente excluyentes – no puedes estar en la luz y en la oscuridad simultáneamente. Así, la vista del ego ve lo que no está allí, mientras que la visión de Cristo revela lo que verdaderamente está allí:

“Cuando hiciste que lo que no es verdad fuese visible, lo que es verdad se volvió invisible para ti. No obstante, de por sí no puede ser invisible, pues el Espíritu Santo lo ve con perfecta claridad. Es invisible para ti porque estás mirando a otra cosa. Mas no es a ti a quien le corresponde decidir lo que es visible y lo que es invisible, tal como tampoco te corresponde decidir lo que es la realidad. Lo que se puede ver es lo que el Espíritu Santo ve…Lo que no es real no es visible ni tiene valor…Has hecho invisible la única verdad que este mundo encierra…Al conferirle realidad a lo que no es nada, lo has visto. «Pero no está ahí». Y Cristo es invisible a causa de lo que has hecho que sea visible para ti…Dios te dio el mundo real en amoroso intercambio por el mundo que tú construiste y que ves. Recíbelo simplemente de la mano de Cristo y contémplalo. Su realidad hará que todo lo demás sea invisible, pues contemplarlo es una percepción total. Y al contemplarlo recordarás que siempre fue así. Lo que no es nada se hará invisible, pues por fin habrás visto verdaderamente.” (T-12.VIII.3:1-5; 6:2, 7, 9-11; 8:1-5)

(3:5) «A aquellos que ven surgir del ataque un mundo de odio listo para vengarse, asesinar y destruir, les resulta inconcebible la idea de un mundo en el que el perdón resplandece sobre todas las cosas y la paz ofrece su dulce luz a todo el mundo.»

Tal percepción temerosa es inevitable una vez que crees que estás separado. La culpa por la creencia de que destruiste el Cielo debe proyectarse, lo que resulta en que veas pecado y asesinato a tu alrededor, pero no en ti mismo. Esto da lugar a la cara de la inocencia, como ahora leemos:

“No se te puede culpar por lo que eres, ni tampoco puedes cambiar lo que ello te obliga a hacer. Tu hermano es para ti, pues, el símbolo de tus propios pecados, y lo condenas silenciosamente, aunque con tenaz insistencia, por esa cosa odiosa que eres.” (T-31.V.6:7-8)

(4) «Sin embargo, el mundo del odio es igualmente invisible e inconcebible para aquellos que sienten dentro de sí el Amor de Dios. Su mundo refleja la quietud y la paz que refulge en ellos; la tranquilidad y la inocencia que ven a su alrededor; la dicha con la que miran hacia afuera desde los inagotables manantiales de dicha en su interior. Contemplan lo que han sentido dentro de sí, y ven su inequívoco reflejo por todas partes.»

Necesitamos que se nos recuerde que Jesús habla solo de nuestro mundo interno. El maestro que elegimos es el único problema, y ​​el mundo real es la culminación de elegir al Correcto. Si te ves como vulnerable en un mundo hostil rodeado de gente malvada, sabes que has elegido al ego y te has considerado merecedor de odio. Pero Cristo piensa de otra manera, mientras Él nos guía serenamente a casa:

“Has estado equivocado con respecto al mundo porque te has juzgado erróneamente a ti mismo. ¿Qué podías haber visto desde un punto de vista tan distorsionado? Toda visión comienza con el que percibe, que es quien determina lo que es verdad y lo que es falso. Y no podrá ver lo que juzgue como falso…Cristo sigue estando ahí, aunque no lo reconozcas. Su Ser no depende de que lo reconozcas. Él vive dentro de ti en el sereno presente, y está esperando a que abandones el pasado y entres en el mundo que te ofrece con amor…¡Cuán jubilosamente te muestra el camino el Amor! Y a medida que lo sigas, te regocijarás de haber encontrado Su compañía, y de haber aprendido de Él cómo regresar felizmente a tu hogar.” (T-13.VII.5:1-4, 7-9; 6:3-4)

El valor del mundo radica en que es un aula de aprendizaje que refleja nuestra elección equivocada, por lo que ahora podemos hacer la correcta. Para lograr esto, es necesario tomar conciencia de cuánto no queremos elegir correctamente, y luego perdonarnos a nosotros mismos.

(5) «¿Cuál de ellos quieres ver? Eres libre de elegir. Mas debes conocer la ley que rige toda visión y no dejar que tu mente se olvide de ella: contemplarás aquello que sientas en tu interior. Si el odio encuentra acogida en tu corazón, percibirás un mundo temible, atenazado cruelmente por las huesudas y afiladas garras de la muerte. Mas si sientes el Amor de Dios dentro de ti, contemplarás un mundo de misericordia y de amor.»

Puedes recordar a Jesús diciendo algo similar en “La simplicidad de la salvación” – solo hay dos lecciones que podemos aprender, cada una de las cuales da como resultado un mundo diferente:

“El mundo que ves es el resultado inevitable de la lección que enseña que el Hijo de Dios es culpable. Es un mundo de terror y desesperación. En él no hay la más mínima esperanza de hallar felicidad. Ningún plan que puedas idear para tu seguridad tendrá jamás éxito. No puedes buscar dicha en él y esperar encontrarla…En el mundo que resulta de la lección que afirma que el Hijo de Dios es inocente no hay miedo, la esperanza lo ilumina todo y una gran afabilidad refulge por todas partes.” (T-31.I.7:4-8; 8:1)

Este importante tema refleja uno de los principios clave de Un Curso de Milagros, que ya nos resulta bastante familiar: «la proyección da lugar a la percepción».

(6) «Hoy pasamos de largo las ilusiones, según intentamos llegar hasta lo que es verdad en nosotros y sentir su infinita ternura, su Amor que sabe que somos tan perfectos como él mismo, y su visión, el don que su Amor nos ofrece. Hoy aprenderemos el camino, el cual es tan seguro como el Amor mismo, al que nos conduce. Pues su sencillez nos protege de las trampas que las descabelladas complicaciones del aparente razonar del mundo tienen como propósito ocultar.»

Pasamos de largo las ilusiones del ego confiando en el Guía que nos llevará a casa. Así seguimos por «el camino silencioso», el título de este precioso poema de Helen:

«Elige una vez más. Porque os ha sido dado seguir
El rastro de la paz de Dios por todo el mundo
Sin excepción. Cada niño recibe
Los regalos que traes, y hombres y mujeres se dirigen
A ti en agradecimiento. Con dicha eres
Aceptado en todas partes. Porque has venido
Solo para traer el atractivo del Infinito
A aquellos que son tan infinitos como Él.
Vienes con el recuerdo de Dios en ti,
Para despertar este mismo recuerdo en aquellos
En quienes parece dormir. El mundo moriría
Sin sus salvadores. No niegues, entonces,
El lugar que te corresponde. Porque Cristo te ha llamado
Para que lo sigas, y elijas el camino silencioso
Que te lleva hoy a la eternidad.»

(Los Regalos de Dios, p. 29)

Silenciar nuestros pensamientos es el camino, permitiendo que el Pensamiento venga:

(7) «Haz simplemente esto: permanece muy quedo y deja a un lado todos los pensamientos acerca de lo que tú eres y de lo que Dios es; todos los conceptos que hayas aprendido acerca del mundo; todas las imágenes que tienes acerca de ti mismo. Vacía tu mente de todo lo que ella piensa que es verdadero o falso, bueno o malo; de todo pensamiento que considere digno, así como de todas las ideas de las que se siente avergonzada. No conserves nada. No traigas contigo ni un solo pensamiento que el pasado te haya enseñado, ni ninguna creencia que, sea cual sea su procedencia, hayas aprendido con anterioridad. Olvídate de este mundo, olvídate de este curso, y con las manos completamente vacías, ve a tu Dios.»

Si queremos pasar de largo las ilusiones, comenzamos olvidando todo lo que pensamos, y dejando que Jesús nos enseñe de nuevo. Él nos pide que olvidemos todo porque nos hemos equivocado sobre todo. “Solo entonces”, dice en efecto, “te darás cuenta de lo correcto que soy y lo correcto que serás cuando te unas a mí. Deja ir el pasado y ven a mí con las manos completamente vacías. No me pidas que elimine un problema que has hecho real, pero déjame mostrarte en su lugar el problema y su solución. Déjame llevarte a casa, y no decidas el camino tú solo. Sobre todo, deja de lado todo lo que hayas aprendido sobre Dios y Su verdad – lo que la Biblia, la sinagoga o las iglesias te han enseñado – y escúchame solo a mí “. Recuerda esta afirmación paralela de cerca del final del texto:

“Permanezcamos muy quedos por un instante y olvidémonos de todas las cosas que jamás hayamos aprendido, de todos los pensamientos que hayamos abrigado y de todas las ideas preconcebidas que tengamos acerca de lo que las cosas significan y de cuál es su propósito. Olvidémonos de nuestras propias ideas acerca del propósito del mundo, pues no lo sabemos. Dejemos que toda imagen que tengamos acerca de cualquier persona se desprenda de nuestras mentes y desaparezca.” (T-31.I.12)

Este punto se reitera desde aquí hasta el final de la lección. Incidentalmente, si bien las palabras de Jesús dicen que Dios nos guía, estrictamente hablando, el Espíritu Santo es nuestro Guía.

(8:1-3) «¿No es acaso Él Quien sabe como llegar a ti? Tú no necesitas saber cómo llegar a Él. Tu papel consiste simplemente en permitir que todos los obstáculos que has interpuesto entre el Hijo y Dios el Padre sean eliminados silenciosamente para siempre.»

Jesús nos dice muchas veces que nuestra única responsabilidad es aceptar la Expiación para nosotros mismos; elegir la corrección en lugar de lo que hicimos para ser la verdad. No tenemos que saber qué es Dios, ni el amor, ni el camino a casa. Todo lo que necesitamos saber es que nuestra única función es observar el ego y pedir la ayuda de Jesús para dejarlo ir. Así son nuestros obstáculos – todos basados ​​en el miedo – traídos a su amor, como lo vemos en esta declaración resumida de los cuatro obstáculos a la paz:

“Cada obstáculo que la paz debe superar se salva de la misma manera: el miedo que lo originó cede ante el amor que se encuentra detrás, y así desaparece el miedo…Desde más allá de cada uno de los obstáculos que te impiden amar, el Amor Mismo ha llamado. Y cada uno de ellos ha sido superado mediante el poder de atracción que ejerce lo que se encuentra tras ellos. El hecho de que deseases el miedo era lo que hacía que pareciesen insuperables. Mas cuando oíste la Voz del Amor tras ellos, contestaste y ellos desaparecieron.” (T-19.IV-D.5:1,6-9)

(8:4-8) «Dios hará lo que le corresponde hacer en gozosa e inmediata respuesta. Pide y recibirás. Mas no vengas con exigencias, ni le señales el Camino por donde Él debe aparecer ante ti. La manera de llegar a Él es simplemente dejando que Él sea lo que es. Pues de esa forma se proclama también tu realidad.»

Todos le exigen a Jesús: “Esto es lo que quiero de ti”, o “He estudiado tu curso y he sido un fiel estudiante, y sin embargo, no soy feliz. ¡Haz algo!” Nuestra relación con Jesús será como nuestra relación con cualquier otra autoridad: de mala gana o quizás respetuosa, pero también resentida porque las autoridades no siempre hacen lo que nosotros queremos que hagan. En cualquier relación con una autoridad existe una demanda subyacente: su propósito es hacernos felices y satisfacer nuestras necesidades – en el caso de Jesús, llevarnos a casa. Así, pues, nos exhorta a ver las exigencias que le haríamos a él o a Dios, y luego a liberarlas. Él no nos pide que cambiemos – lo que hicimos al principio al cambiar nuestra realidad, y por lo tanto, la de Dios – sino que aceptemos la verdad sobre nosotros mismos y nuestro Creador. Esto significa liberar la inversión en los sustitutos que fabricamos.

El tema subyacente aquí es la humildad. Jesús quiere que aborde humildemente mi trabajo con Un Curso de Milagros y con él. La arrogancia dice que sé lo que es la salvación; sé lo que necesito, lo que me ayudará, lo que dice este curso y lo que Jesús debe hacer por mí. La humildad dice que no entiendo nada, incluido Un Curso de Milagros, por lo cual estoy felizmente agradecido. Por lo tanto, nuestra arrogancia toma la forma de pedir ayuda «específica» con problemas «específicos» para satisfacer nuestras necesidades «específicas», como si pudiéramos entender lo que son – nuestras demandas se centran en el cuerpo, el cual, como hemos visto repetidamente, se hizo para alejar el problema de la separación de la solución mental de la Expiación. Ya hemos considerado un pasaje de El Canto de la Oración que aborda el problema de pedir ayuda específica. Aquí hay una discusión paralela que aparece más adelante en el anexo, en el contexto de dos personas que oran juntas:

“Incluso juntos pueden pedir cosas, y establecer así tan solo una ilusión de que comparten una meta…Aun la unión, entonces, no es suficiente, si aquellos que oran juntos no preguntan, ante todo, cuál es la Voluntad de Dios. Sólo de esta Causa puede provenir la respuesta en la que todo lo específico se satisface; todos los deseos separados se unifican. La oración por cosas específicas siempre pide que el pasado se repita de alguna manera…El propósito de la oración es liberar al presente de las cadenas de las ilusiones del pasado: dejar que el presente sea un remedio que se elige libremente para que reemplace toda decisión errónea. Lo que la oración puede ofrecer ahora excede de tal manera todo lo que pedías antes que resulta lamentable que te contentes con menos..No restrinjas tu pedir. La oración puede traer la paz de Dios. ¿Qué cosa ligada al tiempo puede darte más que esto, durante el pequeño lapso que dura hasta que se desmorona en polvo?”
(S-1.IV.2:5; 3:1-3, 5-6; 4:3-5)

En otras palabras, dejando de lado nuestras demandas específicas, permitimos que su amor sea. ¿Quién en su sano juicio podría querer algo más que todo?

(9:1-3) «Así pues, hoy no elegiremos el camino por el que vamos a Él. Pero sí elegimos dejar que Él venga a nosotros. Y con esta decisión descansamos.»

Nosotros “elegimos dejar que Él venga” reconociendo que cometimos un error al aceptar al ego como nuestro maestro. Este reconocimiento es todo lo que necesitamos hacer. Es la base de que Jesús nos diga que su curso nos ofrece tanto, mientras que pide tan poco:

“Este curso apenas requiere nada de ti. Es imposible imaginarse algo que pida tan poco o que pueda ofrecer más.” (T-20.VII.1:7-8)

(9:4-8) «Su Amor se abrirá paso por su cuenta en nuestros corazones serenos y en nuestras mentes abiertas. Es indudable que lo que no ha sido negado se encuentra ahí, si es que es verdad y puede alcanzarse. Dios conoce a Su Hijo y sabe cómo llegar a él. No necesita que Su Hijo le muestre el camino. A través de cada puerta abierta Su Amor refulge hacia afuera desde su hogar interno e ilumina al mundo con inocencia.»

La segunda y la tercera leyes del caos describen cómo le decimos a Dios lo que Él debe creer y pensar (T-23.II.4-6). Esto es una reminiscencia de nuestra discusión anterior de exigir de Dios lo que queremos. Es crucial que seamos conscientes de las sutilezas con que la arrogancia del ego se manifiesta en nuestras vidas. Realmente pensamos que sabemos lo que es mejor para nosotros en términos de nuestros cuerpos – dónde deberíamos vivir, qué trabajo deberíamos tener, etc .; y ciertamente creemos que sabemos lo que se necesita para nuestra salvación. Sin embargo, solo exhibimos la arrogancia de preguntarle a la única cosa en el universo que no sabe (T-20.III.7: 6); en este caso, nuestros cerebros, que piensan que piensan, y piensan que saben y entienden nuestras necesidades:

“¿Por qué piensas que el cuerpo es un mejor hogar, un albergue más seguro para el Hijo de Dios? ¿Por qué preferirías ver el cuerpo en vez de la verdad? ¿Cómo es posible que esa máquina de destrucción sea lo que prefieres y lo que eliges para reemplazar el santo hogar que te ofrece el Espíritu Santo, y donde Él morará contigo? El cuerpo es el signo de la debilidad, de la vulnerabilidad y de la pérdida de poder. ¿Qué ayuda te puede prestar un salvador así? ¿Le pedirías ayuda a un desvalido en momentos de angustia y de necesidad? ¿Es lo infinitamente pequeño la mejor alternativa a la que recurrir en busca de fortaleza?”
(T-20.VIII.4:6-5:4)

Cuando dejemos ir la locura arrogante del ego, nuestros corazones estarán serenos y nuestras mentes abiertas, y ya no negaremos el Amor que siempre ha estado allí, y que desvanece la oscuridad de pecado y culpa.

La lección cierra con esta hermosa oración:

(10) «Padre, no sabemos cómo llegar a Ti. Pero te hemos llamado y Tú nos has contestado. No interferiremos. Los caminos de la salvación no son nuestros, pues te pertenecen a Ti. Y es a Ti a donde vamos para encontrarlos. Nuestras manos están abiertas para recibir Tus dones. No tenemos ningún pensamiento que no pensemos contigo, ni abrigamos creencia alguna con respecto a lo que somos o a Quién nos creó. Tuyo es el camino que queremos hallar y seguir. Y sólo pedimos que Tu Voluntad, que también es la nuestra, se haga en nosotros y en el mundo, para que éste pase a formar parte del Cielo. Amén.»

Estas hermosas palabras en realidad no están dirigidas a Dios, sino que son una súplica a nuestros yoes que toman decisiones para que nos volvamos cuerdos, y humildemente admitimos con gratitud que hemos estado equivocados; una súplica a nosotros mismos para que nos apartemos de nosotros mismos, y dejemos que el Amor de Dios nos muestre el camino.”

~ Del libro “Viaje a Través del Libro de Ejercicios de UCDM” por el Dr. Kenneth Wapnick.

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