«Que se acalle en mí toda voz que no sea la de Dios.» (Lección 254)

 

 

“Volvemos al tema de acallar la voz del ego, lo que significa que me alejo de ella. Escucho sus mentiras, y digo: “Esto no es lo que quiero. Ya no deseo vivir mi vida en busca de los ídolos del especialismo, ni vivir en constante ira y miedo.”.

(1) «Padre, hoy quiero oír sólo Tu Voz. Vengo a Ti en el más profundo de los silencios para oír Tu Voz y recibir Tu Palabra. No tengo otra oración que ésta: que me des la verdad. Y la verdad no es sino Tu Voluntad, que hoy quiero compartir Contigo.»

Me doy cuenta de que no hay nada aquí que yo quiera, nada que elija buscar, nada por lo cual rezar. Quiero únicamente perdonar, regresar a la cordura. Este regreso se fundamenta en la comprensión de mi elección equivocada, para que pueda hacer una mejor – el perdón en lugar de la ira, la verdad en lugar de la ilusión. Esta, entonces, es mi oración:

“…la única oración que tiene sentido es la del perdón porque los que han sido perdonados lo tienen todo. Una vez que se ha aceptado el perdón, la oración, en su sentido usual, deja de tener sentido. La oración del perdón no es más que una petición para que puedas reconocer lo que ya posees.” (T-3.V.6:3-5)

(2:1-2) «Hoy no dejaremos que los pensamientos del ego dirijan nuestras palabras o acciones. Cuando se presenten, simplemente los observaremos con calma y luego los descartaremos.»

Esto es una variación de los tres pasos del perdón presentados en la lección 23. Crucial para este proceso es aprender a no negar nuestros pensamientos del ego, ni tratar de «no» tenerlos. En su lugar, simplemente pedimos ayuda cuando se presenten. Así, pues, elegimos el instante santo en el que escuchamos a Jesús, instruyéndonos sobre la manera apropiada de ver estos pensamientos y percepciones dementes. Cuando les observemos calmadamente, con su amor a nuestro lado, nos daremos cuenta de la insensatez de las ideas del ego. Sus ofrendas nunca nos darán el amor y la paz que realmente queremos, que no podemos tener mientras valoremos los llamados del ego en favor del especialismo. Por lo tanto, decimos de corazón:

(2:3-4) «No deseamos las consecuencias que nos acarrearían. Por lo tanto, no elegimos conservarlos.»

Primero debemos mirar contra qué estamos eligiendo. Este no es un curso de negación o de pretender que somos tan santos que no tenemos pensamientos del ego. Más bien, este es un curso de decir: “No soy santo, de lo contrario no estaría en este mundo. Tengo estos pensamientos del ego, pero ahora tengo los medios dentro de mi mente para verlos de otra manera.” Por lo tanto, no negamos que tenemos un cuerpo con necesidades, ni negamos el sistema de pensamiento del ego en sí. Simplemente los miramos sin juzgarnos a nosotros mismos o a cualquier otra persona, y luego felizmente vemos como desaparecen suavemente.

(2:5-6) «Ahora se han acallado. Y en esa quietud, santificada por Su Amor, Dios se comunica con nosotros y nos habla de nuestra voluntad, pues hemos decidido recordarle.»

“El recuerdo de Dios aflora en la mente que está serena” (T-23.I.1: 1). Con la voz del ego acallada por nuestra decisión, la mente está en silencio. Y escuchamos por fin la Voz de Dios hablándonos de Quiénes somos, a medida que el recuerdo de nuestro Ser alborea dentro de la quietud de nuestras santas mentes.”

~ Del libro “Viaje a Través del Libro de Ejercicios de UCDM” por el Dr. Kenneth Wapnick.

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