«Hoy aprendo la ley del amor: que lo que le doy a mi hermano es el regalo que me hago a mi mismo.» (Lección 344)

 

“Esto reitera la idea de que dar y recibir son en verdad lo mismo, tanto desde el punto de vista de la mentalidad errónea como de la correcta. Esto es válido para la ley del odio «y» para la ley del amor, y por tanto la culpa que le doy a mi hermano es la culpa que me doy a mí mismo, como es el caso con el perdón.

(1:1-2) «Ésa es Tu ley, Padre mío, no la mía. Al no comprender lo que significaba dar, procuré quedarme con lo que deseaba sólo para mí.»

Tenemos un lugar secreto en nuestras mentes donde nos aferramos a lo que valoramos y llamamos nuestro. Nunca renunciaremos a ello, y por lo tanto nunca podremos dar amor por completo. Tanto si somos conscientes de este pensamiento o no, está en todos nosotros. No daremos todo a una relación; no le daremos todo a Jesús o Un Curso de Milagros; no le daremos todo a Dios. Sigue habiendo un pedazo de nuestra individualidad que retenemos. Esa es «nuestra» ley, porque si perdemos esta identidad especial nos perdemos a nosotros mismos.

(1:3-4) «Y cuando contemplé el tesoro que creía tener, encontré un lugar vacío en el que nunca hubo nada, en el no hay nada ahora y en el que nada habrá jamás. ¿Quién puede compartir un sueño? »

Este es el sueño de especialismo, comenzando con el sueño de nuestra propia existencia. Buscamos por sobre todo preservar esta existencia especial, aunque ello signifique matar a alguien que la amenace. Después de todo, matamos a Dios con el fin de existir, y esta mentalidad de «matar o te matarán» se refleja todos y cada uno de los días de nuestras vidas. Si no lo hacemos físicamente, lo hacemos psicológicamente – los demás tienen lo que queremos, y debemos matar para conseguirlo.Cuando tenemos éxito, o creemos que lo tenemos, debemos continuar protegiendo nuestro tesoro con la misma táctica llena de odio que pareció ganarlo en primer lugar.

(1:4-9) «¿Y qué puede ofrecerme una ilusión? Pero aquel a quien perdone me agasajará con regalos mucho más valiosos que cualquier cosa que haya en la tierra. Permite que mis hermanos redimidos llenen mis arcas con los tesoros del Cielo, que son los únicos que son reales. Así se cumple la ley del amor. Y así es como Tu Hijo se eleva y regresa a Ti.»

Los regalos que me das cuando perdono son los regalos de recordar mi impecabilidad. Cuando te perdono, me doy cuenta de que la luz de Cristo brilla tanto en ti como en mí, y tu falta de bondad no es más que una petición de amor que refleja la mía. Estamos unidos en esa petición de amor, ya que estamos unidos en el amor que es nuestro verdadero Ser.

(2) «¡Qué cerca nos encontramos unos de otros en nuestro camino hacia Dios! ¡Qué cerca está Él de nosotros! ¡Qué cerca el final del sueño del pecado y la redención del Hijo de Dios!»

Necesitamos aprender a medida que volvemos a casa cuán cerca estamos unos de otros, y al final del viaje nos damos cuenta de que no estamos cerca unos de otros en absoluto, sino que nosotros «somos» los otros. No los yoes individuales que parecemos compartir, sino el único Hijo de Dios que quedó dormido y el único Hijo de Dios que permaneció despierto dentro de su Padre. Recuerda este pasaje de El Canto de la Oración:

“La escalera termina con esto, puesto que el aprendizaje ya no se necesita. Ahora estás ante el portal del Cielo, y tu hermano se encuentra allí al lado tuyo. Los prados son profundos y tranquilos, pues aquí el lugar señalado para el momento en que vinieras tú te ha esperado largo tiempo. Aquí terminará el tiempo para siempre. En este portal la misma eternidad se unirá a ti. La oración se ha convertido en lo que siempre estuvo destinada a ser, porque has reconocido el Cristo en ti.” (S-1.V.4)”

~ Del libro “Viaje a Través del Libro de Ejercicios de UCDM” por el Dr. Kenneth Wapnick.

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