Lección 76 — No me gobiernan otras leyes que las de Dios 


Si no me falla la memoria, fue hace más de veinte años cuando las preguntas sobre esta lección en particular me llevaron a hablar de los dos niveles en los que está escrito Un Curso de Milagros. Como dije en el preludio [el preludio o la introducción a esta serie sobre el Libro de ejercicios se encuentra en el volumen 1], el nivel uno es el fundamento metafísico del Curso, que contrasta la realidad de Dios y del Cielo con la ilusión del sistema de pensamiento del ego y el mundo surgido de éste. En este nivel no hay conciliación posible entre la verdad y la ilusión. El nivel dos trata únicamente del reino ilusorio, diferenciando entre el sistema de pensamiento de separación de la mentalidad-errada del ego y el sistema de pensamiento de mentalidad-correcta de Expiación del Espíritu Santo.

La razón por la que los estudiantes encuentran que esta lección sea tan difícil, por no decir irritante, es que confunden estos niveles, al no entender que el propósito del discurso del nivel dos es referirnos al estado ilusorio en el que creemos estar, y no hacer declaraciones sobre la verdad absoluta. Por lo tanto, a pesar de que el cuerpo es intrínsecamente ilusorio, no se nos pide descartarlo. Muy por el contrario. Se nos pide prestarle una cuidadosa atención, así como al lugar que ocupa en nuestras relaciones especiales, pues éstas se convierten en el aula en la que aprendemos las lecciones de perdón del Espíritu Santo.

Desde esta perspectiva podemos ver cómo Jesús se burla del cuerpo; más importante aún: de nuestro uso de él. Podrás recordar la declaración de Jesús de que es prácticamente imposible negar nuestra experiencia física en este mundo (T.2.IV.3.10). Por lo tanto, en esta lección él no nos está pidiendo que neguemos nuestros cuerpos al no tomar medicinas, por no hablar de no comer, respirar, gastar dinero, etc. Por el contrario, Jesús presenta una visión de a qué se parece estar en el mundo real, sin la creencia en los cuerpos. Un pasaje de “La consecución del mundo real” pone de manifiesto la completa ausencia de separación que caracteriza este avanzado estado mental:

(…) El mundo real (…) no tiene edificios ni calles por donde todo el mundo camina solo y separado. En él no hay tiendas donde la gente compra una infinidad de cosas innecesarias. No está iluminado por luces artificiales, ni la noche desciende sobre él. No tiene días radiantes que luego se nublan. En el mundo real nadie sufre pérdidas de ninguna clase. En él todo resplandece, y resplandece eternamente. (T.13.VII.1) (Pág. 281)

Eso no es la descripción de un lugar físico, sino la descripción de la mente sanada, en la cual el pensamiento de separación ha sido deshecho. En ese estado, el instante santo en el que hemos aceptado la Expiación para nosotros mismos, ya no hay más un cuerpo (“No hay ni un solo instante en el que el cuerpo exista en absoluto” [T.18.VII.3.1]). Y por lo tanto, si no hay cuerpo, no puede haber leyes que lo gobiernen. He ahí el punto. Jesús no se está burlando de nosotros, ni —digámoslo una vez más— tampoco está retándonos a renunciar a nuestra creencia sobre la necesidad de medicinas, de comida o de relaciones. Él simplemente nos recuerda que eso en lo que creemos no está realmente ahí. Este nuevo entendimiento nos capacita para dejar de tomarnos tan en serio nuestras experiencias físicas y psicológicas en el mundo (que es lo que habíamos estado haciendo), lo cual refleja nuestro aprendizaje de no tomarnos tampoco seriamente la diminuta y alocada idea de la separación (T.27.VIII.6.2-5).

Una vez más, esto no pretende ser una declaración en la cual Jesús nos esté presionando a renunciar a nuestra creencia en el cuerpo. De hecho, él dice en el Texto:

Tu pregunta no debería ser: “¿Cómo puedo ver a mi hermano sin su cuerpo?” sino, “¿Deseo realmente verlo como alguien incapaz de pecar?”. (T.20.VII.9.1-2) (Pág. 493) [N.T.: O sea que no se trata de percibirle sin cuerpo, sino de percibirle sin pecado].

En lugar de hacernos negar nuestra experiencia de que hay cuerpos fuera de nosotros, Jesús insiste en que su objetivo para nosotros es que cambiemos nuestra forma de pensar acerca del cuerpo [cambiemos nuestra opinión sobre el cuerpo]; es decir, sobre su propósito. Él nos insta a no seguir proyectando el pecado que percibimos sobre los demás, pues de ese modo estamos atacándoles y reforzando la creencia en los intereses separados. El perdón —el mensaje de Un Curso de Milagros— se basa en la simple premisa de que nuestros intereses son uno.

Discutiremos todo esto en mayor detalle conforme vayamos leyendo la lección.

(1.1) Hemos visto antes cuántas cosas absurdas te han parecido ser la salvación.

Se hace referencia, por supuesto, a nuestros objetos de amor especial, los ídolos que fabricamos para demostrarle a Dios que no necesitábamos Su Amor. Los objetos de odio especial funcionan de la misma manera también, en tanto que sentimos que la salvación viene cuando podemos odiar de veras a alguien o sufrir dolor. Al culpar por nuestra miseria a alguien (o algo) diferente de nosotros mismos, establecemos nuestra inocencia [o eso pretendemos]. La salvación por tanto usa cualquiera de ambas formas, y al ego no le importa si se trata de amor o de odio especial, siempre y cuando la salvación sea vista como algo externo a nuestra mente.

(1.2-4) Cada una de ellas te ha aprisionado con leyes tan absurdas como ella misma. Sin embargo, no estás aprisionado por ninguna de esas cosas. Mas para comprender que esto es cierto, primero te tienes que dar cuenta de que la salvación no se encuentra en ninguna de ellas.

Esto hace referencia a las leyes del especialismo, que giran en torno a la roca sobre la que descansa la salvación del ego: uno o el otro —alguien tiene que perder para que otro pueda ganar. Toda ley del ego —tanto en la mente como en el mundo— refleja este principio básico. Encontramos también esto en las cinco leyes del caos del ego (T.23.II), las abuelas virtuales [=implícitas] de todas las leyes. El punto clave es que estas leyes no sólo emanan de la mente, sino que además permanecen en ella, siguiendo el principio fundamental de que las ideas no abandonan su fuente. Sin embargo ellas [las leyes del ego] aparentan ser externas, y nuestras vidas parecen ser gobernadas por ellas. No obstante, la verdad es que solamente nos limita la decisión de nuestra mente, y esto es realmente la buena noticia. Tenemos muy poco —si es que alguno— control sobre las leyes del cuerpo, y esto parece condenarnos a una vida desesperada de victimización, que es la impotencia que sienten casi todas las personas. Pero únicamente nosotros —la parte tomadora-de-decisiones de nuestra mente— podemos controlar el hecho de que hemos elegido identificarnos con estas leyes. Ahí radica nuestra verdadera ayuda.

Este es un concepto muy importante de entender, para que puedas ser honesto contigo mismo conforme trabajas a lo largo de la lección. Con el fin de entender que no estás bajo ninguna otra ley que la de Dios, y por qué no estás limitado por ninguna de las leyes del cuerpo, primero tienes que darte cuenta de que tienes una mente, ya que ahí es donde radica la salvación. El problema es que no creemos eso [no creemos en la mente (y en todo lo relacionado con ella: que en ella radica la salvación)]. No importa cuántas veces Jesús nos dice esto en Un Curso de Milagros, no importa cuántas veces hayamos leído las mismas líneas, sigue habiendo una parte de nosotros que no cree eso, porque todavía creemos que él nos está enseñando como un cuerpo. Él enseña una y otra vez que no estamos realmente aquí, y por lo tanto que el cuerpo no hace nada: no ha nacido, ni vive ni muere; no sufre dolor ni siente placer. En otras palabras: todo sucede en la mente. Sin embargo esto no significa absolutamente nada para nosotros, ya que, repito, seguimos pensando que Jesús está hablándonos como una persona, viviendo en un cuerpo.

Nos negamos a ir a la fuente de este ser —la mente— que no está en el cuerpo en absoluto, y encontrar el verdadero problema. Si encontramos esto en nuestra mente —la culpa por la separación— veríamos la respuesta de la Expiación.

Así que esta lección es una llamada a todos nosotros para que prestemos una cuidadosa atención y reflexionemos sobre lo que Jesús nos está enseñando en Un Curso de Milagros. Cuando él nos dice una y otra vez —como lo hace posteriormente en el 6º repaso de este Libro de ejercicios—: “No soy un cuerpo. Soy libre. Pues aún soy tal como Dios me creó”, él quiere decir eso muy literalmente. Cuando nos dice: “Soy espíritu”, él también quiere decir eso muy literalmente. Tenemos que tener bien claro que nosotros no creemos eso, porque seguimos pensando que Jesús, una persona separada, nos está hablando a nosotros como personas separadas, y enseñándonos cosas muy bonitas. Sin embargo, todavía no nos damos cuenta de que él no nos está enseñando como un cuerpo. Lo que nosotros consideramos como nuestro ser corporal no es sino el reflejo de un pensamiento en la mente. Esta lección es tan importante porque señala claramente la naturaleza ilusoria del cuerpo. Igual de clara, si la sopesamos cuidadosamente, es la razón de que tengamos tantos problemas con ella: ¡no queremos creer eso! La base de nuestra dificultad es la negativa a aceptar que la salvación no está fuera de nosotros, sino dentro de nuestra mente, el lugar donde se halla tanto el problema como la respuesta.

(1.5-6) Mientras la busques en cosas que no tienen sentido te atarás a ti mismo a leyes que tampoco tienen sentido. Y de esta manera, tratarás de probar que la salvación está donde no está.

Eso, una vez más, es el problema: no queremos saber que tenemos una mente, pues si lo supiéramos, en algún momento elegiríamos contra el ego y nuestra individualidad desaparecería. El ego nos dice que el problema es el pecado y la culpa, y que ambos se encuentran en nuestro cuerpo o en el cuerpo de alguna otra persona [o animal, objeto, situación]. Y puesto que es ahí [en el cuerpo] donde está el problema, la salvación se encuentra ahí también [por eso el ego busca la salvación a nivel corporal, a nivel del mundo]. Si creo que el pecado está en mi cuerpo, entonces creo en el sufrimiento y en el sacrificio; si creo que está en el tuyo, entonces creo en el juicio y en el ataque. Por lo tanto el plan del ego para la salvación consiste en castigar el cuerpo —mío o tuyo.

Evadir la verdad de que tenemos una mente puede adoptar otra forma. Por ejemplo, Un Curso de Milagros dice que no me gobiernan otras leyes que las de Dios y que no soy un cuerpo. Por lo tanto, dado que mi cuerpo es una ilusión, no tengo que ir el médico; ni necesito cerrar mi coche o mi casa; no tengo que cuidar mi cuerpo, así que no importa lo que coma o lo que haga. Estos son solamente algunos ejemplos de lo que llamo “blissninnyhood” [este término no parece tener una traducción formal… podría traducirse como “campana-boba-de-felicidad” o “capucha-boba-de-felicidad”… se refiere a encerrarnos en nuestras propias ideas preconcebidas, en el sentido de lo que explica a continuación sobre la negación]: la negación simplista e ingenua del cuerpo y sus problemas. En lugar de aceptar la esencial irrealidad del cuerpo como una sombra de la culpa, los “blissninnies” [=bobos felices] simplemente niegan que tienen un cuerpo, lo que hace que la fuente de la sombra —la culpa de nuestra mente— sea aún más inaccesible. De este modo la respuesta de la Expiación permanece aún más profundamente enterrada en el arsenal de defensas del ego.

Esta lección ciertamente no pretende desalentar a los estudiantes de Un Curso de Milagros de que busquen atención médica, ni pretende que rechacen las vacunas si planean viajar al extranjero, por ejemplo. No tiene la intención de disuadir a los estudiantes de comer alimentos que son buenos para ellos, o de hacer cualquier cosa que ellos crean que es saludable. Todos tenemos alguna noción de lo que es bueno o malo para nosotros, no hay bien o mal [bien o mal: correcto o equivocado] en este sentido —y sea lo que sea en lo que tú creas, eso deberías hacer. Además, Jesús no te está diciendo que deberías renunciar a la amistad o a cualquier cosa que refleje las leyes del mundo. Él simplemente dice que te sería útil darte cuenta de cuál es la fuente de estas leyes, y entender su lugar en el sistema de pensamiento del ego. Sólo entonces puedes elegir cambiar su propósito, de modo que tome su más adecuado lugar dentro del sistema de pensamiento corrector del Espíritu Santo.

Implícito en todo esto, por volver a señalar este punto, está la necesidad de que nos demos cuenta de la tremenda resistencia que tenemos a aceptar el hecho de que no somos cuerpos. Este es un tema importante en el Texto, y es uno de los temas centrales del Libro de ejercicios. Una vez más, Jesús hace este tipo de afirmaciones para burlarse [bromear] amablemente de nosotros, tal como lo hace en los siguientes pasajes del Texto que ponen de relieve la inutilidad de tratar de proteger el cuerpo y hacerlo real y atractivo:

¿Puedes acaso darle vida a un esqueleto pintando sus labios de color rosado, vistiéndolo de punta en blanco, acariciándolo y mimándolo? (T.23.II.18.8) (Pág. 552)

¿Para qué quieres proteger el cuerpo? Pues en esa elección radica tanto su salud como su destrucción. Si lo proteges para exhibirlo o como carnada para pescar otro pez, o bien para albergar más elegantemente tu especialismo o para tejer un marco de hermosura alrededor de tu odio, lo estás condenando a la putrefacción y a la muerte. (T.24.VII.4.4-6) (Pág. 578)

[El cuerpo] Se engalana a sí mismo con objetos que ha comprado con discos de metal o con tiras de papel moneda que el mundo considera reales y de gran valor. Trabaja para adquirirlos, haciendo cosas que no tienen sentido, y luego los despilfarra intercambiándolos por cosas que ni necesita ni quiere. (T.27.VIII.2.2-3) (Pág. 659)

Por lo tanto se nos está animando a pedirle ayuda a Jesús para aprender a no tomar tan seriamente nuestra identificación corporal. Pero —una vez más— él no nos está pidiendo que neguemos nuestros cuerpos en este proceso.

Sabremos que hemos caído en la trampa de la seriedad cuando nos sintamos impacientes con aquellos que no niegan su cuerpo, o cuando acusemos a otros de no estar haciendo correctamente el Curso de Milagros, al ver que ellos tienen preocupaciones [concerns: asuntos, preocupaciones, intereses, problemas] físicas o psicológicas. Esos juicios deberían ser una bandera roja, señalando que estamos acusando a otros de lo que secretamente nos acusamos a nosotros mismos. Recuerda, deseamos tener la completa paciencia de la que hablaba la lección anterior, y no podemos tenerla si no somos completamente amables. Paciencia y mansedumbre [=amabilidad] van de la mano, es por eso por lo que están entre las diez características de los maestros de Dios (M.4.IV y VIII).

(2.1) Hoy nos alegraremos de que no puedas probarlo.

¡La parte de nosotros que se aferra a nuestro yo individual y especial no se siente feliz! Tenemos que ser conscientes de nuestra resistencia a sentirnos realmente contentos de que la salvación no está fuera de nosotros sino dentro. Tomar consciencia de esto hará posible que finalmente llegue la verdadera alegría.

(2.2-4) Pues si pudieses, buscarías la salvación eternamente donde no está, y jamás la hallarías. La idea de hoy te repite una vez más cuán simple es la salvación. Búscala allí donde te espera y allí la hallarás.

La salvación nos está esperando, así que con el que tenemos que ser pacientes es con nosotros mismos —hasta elegir la salvación que nos espera en nuestra mente. Debemos estar dispuestos a buscar la salvación allí donde la podemos encontrar. Para lograr esa meta, Jesús nos instruye para que veamos el cuerpo como el efecto de la mente, la cual es la causa: la causa que es el problema; la causa que es la solución. ¿Qué podría ser más simple?

(2.5) No la busques en ninguna otra parte, pues no está en ninguna otra parte.

Una vez más, Jesús no insiste en que renunciemos a nuestras actividades corporales, sino que nos pide entender por qué las hacemos. Esto no va de cambiar el efecto, eso no tiene sentido, sino que de lo que se trata es de cambiar la causa subyacente, lo cual se consigue perdonándonos amablemente a nosotros mismos. Dicho de otra forma, cambiamos la causa al mirarla con el amor y la mansedumbre [amabilidad, dulzura] de Jesús a nuestro lado. No pretendemos cambiar el cuerpo, ni negar lo que estamos haciendo. Simplemente miramos eso.

¡Ahora vienen unas líneas que les encantan a todos los estudiantes del Curso!:

(3) Piensa en la liberación que te brinda el reconocimiento de que no estás atado a las extrañas y enrevesadas leyes que has promulgado para que te salven. Crees realmente que te morirías de hambre a menos que tengas fajos de tiras de papel moneda y montones de discos de metal. Crees realmente que una pequeña píldora que te tomes o que cierto fluido inyectado en tus venas con una fina aguja te resguardará de las enfermedades y de la muerte. Crees realmente que estás solo a no ser que otro cuerpo esté contigo.

Jesús toma tres de los aspectos más importantes de nuestra existencia aquí: 1) la dependencia del dinero, 2) el miedo a la enfermedad y la necesidad de ir a los médicos en busca de ayuda, y 3) la relación especial que dice que si no tengo a otra persona conmigo, estaré solo con mi infelicidad. Sin embargo Jesús no nos está pidiendo que renunciemos a estas cosas; simplemente nos invita a que miremos la inversión que hacemos en ellas.

Cerca del final del folleto Psicoterapia, en una sección titulada “La cuestión del pago” (P.3.III), Jesús habla del dinero, pero no dice que los terapeutas no deban cobrarles a sus pacientes. Él dice que “incluso un terapeuta avanzado tiene algunas necesidades terrenales mientras esté aquí” (P.3.III.1.3), y por lo tanto requerirá algún pago. Sin embargo, es evidente que Jesús no está hablando del dinero per se [del latín, significa “por sí mismo”], sino más bien de la actitud del terapeuta que por ejemplo tiende a especular [económicamente] con sus pacientes [tal vez podría traducirse como “que sablea a sus pacientes”], o la del terapeuta que insiste en que sus pacientes paguen incluso si carecen de fondos. Una vez más, mientras estemos aquí vamos a tener necesidades, lo que implica [generalmente] que el dinero es una necesidad. Por lo tanto, Jesús no está en contra de que ganemos dinero, de la misma manera que no está en contra de que cuidemos del cuerpo. Él nos está ayudando a que cambiemos el énfasis desde nuestro cuerpo a la mente, lo cual logramos mediante el entendimiento del propósito.

Al final de la jornada, en el mundo real, no habrá el más mínimo énfasis en el cuerpo, porque nos habremos dado cuenta de que no existe [de que no hay ningún cuerpo realmente]. En ese momento, el reconocimiento de la naturaleza ilusoria del cuerpo no es una negación, ni es la base de afirmaciones para reprimir una experiencia que no queremos afrontar. Nos hemos vuelto conscientes de lo que Jesús en el Texto llama “la simple declaración de un simple hecho” (T.26.III.4.5). Lo que nos permite llegar a este simple hecho del mundo real, en el cual no hay separación ni cuerpo, es observar con amabilidad nuestra inversión en negar tanto la culpa como la Expiación que están en nuestra mente. Aprendemos que somos amables con nosotros mismos en el mismo grado en que lo somos con los demás. Cuando los juzgamos duramente, es sólo porque nos hemos atacado a nosotros mismos al rechazar a Jesús una vez más. Además, puesto que él está dentro, hemos negado la mente también, lo cual clava nuestra atención en el cuerpo, la principal forma de protección del ego y la consumación de su plan para la salvación.

(4) La demencia es la que piensa estas cosas. Tú las llamas leyes y las anotas bajo diferentes nombres en un extenso catálogo de rituales que no sirven para nada ni tienen ningún propósito. Crees que debes obedecer las “leyes” de la medicina, de la economía y de la salud. Protege el cuerpo y te salvarás.

Es esencial que cuides de tu cuerpo mientras pienses que tú eres uno [mientras creas que eres un cuerpo]. No hacerlo mientras aún te identificas con uno es únicamente una expresión de auto-odio y de auto-castigo, por no decir que es una tontería. Cuidar de tu cuerpo puede ser una forma dulce y amable de perdonarte a ti mismo. Recuerda, nadie que lea Un Curso de Milagros cree totalmente en lo que Jesús dice, porque si así fuese no necesitarían el Curso. Tenemos una fuerte creencia de que somos cuerpos. De hecho, estas lecciones están dirigidas especialmente a quienes creen en cuerpos. Como cuerpos, vivimos en el tiempo, y es obvio que estas lecciones están dirigidas a personas inscritas o limitadas en el tiempo. Casi cada lección menciona algún aspecto de nuestra existencia temporal —minutos, horas, días, semanas, años— porque los estudiantes de Jesús creen ser cuerpos existiendo en el tiempo y el espacio, y él no nos pide negarlos [negar los cuerpos]. Una vez más, él simplemente pide que seamos gentiles y amables con nuestro cuerpo y con los cuerpos de otros, lo cual refleja el deseo de perdonarnos a nosotros mismos por nuestro mal uso de ellos [de los cuerpos], lo cual es la sombra o proyección del mal uso que hemos hecho de la mente.

No obstante, es también importante para nosotros reconocer que estas “leyes” permanecen únicamente porque les hemos dado el poder para hacerlo. No estamos limitados por las leyes del cuerpo, sino más bien por la decisión de nuestra mente de ser un cuerpo, el cual ha sido diseñado específicamente para estar sometido a las leyes que parecen atarnos. De modo que lo que buscamos es proteger el cuerpo para salvarnos [“protege el cuerpo y te salvarás”], mientras que nuestra verdadera protección —la Expiación— queda enterrada bajo las leyes del ego de la culpa y el especialismo.

(5.1) Eso no son leyes, sino locura.

Son una locura porque en realidad sólo existen las leyes de Dios: las leyes del amor, la unidad y la vida eterna. Todas las otras “leyes” están fuera de la Mente de Dios, y por lo tanto moran en la mente del ego, la mente de la locura.

El siguiente fragmento establece de manera explícita la relación causal entre la mente y el cuerpo, una relación que es, en cierto sentido, la esencia de esta lección:

(5.2-3) El cuerpo se ve amenazado por la mente que se hace daño a sí misma. El cuerpo sufre sólo para que la mente no pueda darse cuenta de que es la víctima de sí misma.

¿Cómo la mente se hace daño a sí misma? Culpa. El “daño” original a mi mente fue la creencia de que me separé de Dios, pues con esa decisión negué mi verdadera realidad. A partir de ese momento me castigué a mí mismo con la culpa. Mi ego no quiere que me dé cuenta de que es mi mente la que me está victimizando, y de que yo —el tomador-de-decisiones tapado por el sistema de pensamiento del ego— soy el que sufre. Por tanto, mi tomador-de-decisiones, ahora identificado con el ego, proyecta la culpa sobre el cuerpo, que se convierte así en la sombra de la culpa. Y ahora parece que el cuerpo sufre —la cortina de humo que mantiene mi mente fuera de mi conciencia. En el siguiente pasaje Jesús explica la locura que es ver el cuerpo como el problema, cuanto todo el rato es la ingeniosa mente del ego la que toma las decisiones [la que manda] desde detrás de su velo de secreto:

El que castiga el cuerpo está loco (…) Atribuir la responsabilidad de lo que ves a aquello que no puede ver, y culparlo por los sonidos que te disgustan cuando no puede oír, es ciertamente una perspectiva absurda. El cuerpo no sufre el castigo que le impones porque no tiene sensaciones. Se comporta tal como tú deseas que lo haga, pero nunca toma decisiones. (T.28.VI.1.1; 2.1-3) (Pág. 679)

De hecho la fuente del problema es nuestra mente, pero incluso en ella la culpabilidad no merece castigo tal como el ego nos quiere hacer creer, sino simplemente corrección.

(5.4) El sufrimiento corporal es una máscara de la que la mente se vale para ocultar lo que realmente sufre.

Por supuesto que con la palabra “mente” Jesús se refiere al “tomador-de-decisiones”, el cual elige al ego, elige hacer la culpa real, y a continuación elige proyectarla sobre el cuerpo. Así que es el tomador-de-decisiones el que usa el cuerpo para ocultar la verdadera causa del sufrimiento: su decisión a favor de la separación y de la culpa. La ingeniosa estrategia del ego es descrita con más detalle a continuación, que es parte de la sección que acabamos de citar (T.28.VI). Aquí vemos cómo el tú —nuestro tomador-de-decisiones— se oculta tras el cuerpo sin que nadie se entere jamás de lo que realmente está sucediendo: la decisión de la mente de estar separada y ser culpable:

Lo que odias y temes, deseas y detestas, el cuerpo no lo conoce. Lo envías a buscar separación y a que sea algo separado. Luego lo odias, no por lo que es, sino por el uso que has hecho de él. Te desvinculas de lo que ve y oye, y odias su debilidad y pequeñez. Detestas sus actos, pero no los tuyos. Mas el cuerpo ve y actúa por ti. Él oye tu voz. Y es frágil e insignificante porque así lo deseas. Parece castigarte, y así, merece que le odies por las limitaciones que te impone. No obstante, eres tú quien lo ha convertido en el símbolo de las limitaciones que quieres que tu mente tenga, vea y conserve. (T.28.VI.3) (Pág. 679)

(5.5) [El tomador-de-decisiones de la mente] no quiere entender que es su propio enemigo; que se ataca a sí mismo y que quiere morir. [Nota de Toni: conforme al sentido de la explicación de Ken Wapnick, aquí he cambiado a masculino la cita de la traducción en español, escribiendo “su propio enemigo” y “se ataca a sí mismo”. En inglés pone “it” en todos los casos. La diferencia es que en la cita original se está refiriendo a la mente (mencionada así en la frase 4), y como ya ha indicado Ken en el comentario anterior, él quiere remarcar aquí que la palabra “mente” se refiere al tomador-de-decisiones. Por eso aquí lo escribimos en masculino, pues aquí Ken enfatiza al tomador-de-decisiones, aunque igualmente es la mente. Ah, y el corchete más breve que sale antes de esta cita, diciendo “El tomador-de-decisiones de la mente”, ése no es mío, es de Ken Wapnick, y precisamente debido a comenzar la frase así es por lo que he tenido que cambiar esas palabras a masculino para que concuerden].

Por supuesto que si supiéramos esto cambiaríamos nuestras mentes [cambiaríamos de opinión, de decisión, de mentalidad] en un instante. Si supiéramos que el problema siempre hemos sido nosotros —nuestro tomador-de-decisiones eligiendo a favor del ego— no dudaríamos en elegir al Espíritu Santo, lo que marcaría el final del ego. Una vez más, para asegurarse de que esta catástrofe nunca ocurra, el ego —la parte de nuestra mente que abraza la separación— elabora su estrategia de dejarnos sin mente [alejarnos de la mente], lo cual hace que el Hijo se identifique con un cuerpo que se convierte en una fuente constante de distracciones [porque demanda muchas atenciones] y de preocupaciones. De modo que llegamos a creer que el mundo y el cuerpo —el de otros y el nuestro propio— son los enemigos, mientras que el verdadero enemigo —la decisión del tomador-de-decisiones eligiendo la mentalidad-errada— permanece oculto y a salvo fuera de nuestra conciencia, escondido por la culpa y el miedo.

(5.6-7) De esto es de lo que tus “leyes” quieren salvar al cuerpo. Para esto es para lo que crees ser un cuerpo.

Jesús nos ayuda a entender la motivación o propósito [Por cierto… cuando en UCDM aparece la palabra “propósito”, frecuentemente puede sustituirse por “finalidad”, “objetivo”, por ejemplo “la finalidad de tener un cuerpo…”, etc] de tener un cuerpo: disponer de un sitio donde ocultar la culpa de la mente. Así que el ego nos dice que ciertamente tenemos un problema real —en nuestros cuerpos— pero que afortunadamente hay leyes que se van a ocupar de eso. El problema —trata de convencernos el ego— no es nuestro vacío interior por haber abandonado a Dios, sino que por ejemplo el problema es el vacío de nuestros estómagos. Así que los llenamos de comida y nos sentimos bien. La “ley” establece que: si tienes hambre, comes. Además, si quieres mantenerte saludable mediante una alimentación sana, entonces debes comer determinados alimentos —cualquiera en el que tú tengas confianza, pues la comida en sí no importa.

Por lo tanto el ego se ha hecho cargo del problema de la carencia —la ausencia de Cristo debido a que creo que Le crucifiqué— dividiendo dicho problema en trozos y proyectándolo, de modo que ahora puedo percibir la carencia en mi cuerpo. Entonces las “leyes” del ego vienen a salvarlo, y a resolver el problema de mantener nuestra existencia física y psicológica como criaturas del mundo. Por lo tanto el problema se convierte, además del problema de la comida, en otros ejemplos como los siguientes:

1) El problema es que estoy solo en el universo, debido a que destruí a Dios. Sí —concuerda el ego—, hay un problema de soledad, pero es del cuerpo. Así que voy a inventar las relaciones especiales y te enseñaré las leyes de la manipulación y de la seducción, que te ayudarán a mantener a otros cuerpos cerca de ti. Así queda resuelto el problema de tu soledad.

2) El problema es que me he vuelto pobre al haber echado por la borda el tesoro de Dios. No tengo nada. Sí —concuerda el ego—, es cierto que tienes un problema de empobrecimiento, pero es a nivel del cuerpo. Así que voy a inventar el dinero y te enseñaré las leyes que te ayudarán a ganarlo. Así queda resuelto el problema de tu pobreza.

3) El problema es que estoy angustiado [literalmente: “I am sick at heart”, que significa “enfermo del corazón”, pero también figurativamente cosas como “angustiado”, “enfermo de angustia”, “emocionalmente destrozado”, incluso triste, desolado, etc, o sea, con el “corazón” enfermo en el sentido emocional, no del corazón físico, como pasa con el “mal de amores” o cualquier sufrimiento emocional, pues las emociones son cosas del “corazón”] porque he traicionado a Dios. Sí —concuerda el ego—, es cierto que estás enfermo, pero es a nivel del cuerpo. Así que voy a inventar la medicina y te enseñaré las leyes para poder adquirirla y usarla. Así queda resuelto el problema de tu enfermedad.

Y así una y otra vez.

Esta lección nos ayuda a entender que las leyes que el ego dice que salvarán al cuerpo, sólo sirven para defender la separación y la culpa que hay en nuestra mente. El propósito de Jesús, una vez más, no es hacer que nos sintamos culpables o como fracasados, sino simplemente ayudarnos a darnos cuenta de dónde está el problema para que pueda ser verdaderamente resuelto.

(6.1-2) No hay más leyes que las de Dios. Esto necesita repetirse una y otra vez hasta que te des cuenta de que es aplicable a todo lo que has hecho en oposición a la Voluntad de Dios.

Por “repetirse una y otra vez” Jesús no se refiere, lo diré una vez más, a que debamos usar sus palabras como un mantra o afirmación. Más bien se trata de una declaración de la verdad, a la cual traemos las leyes ilusorias del ego. El cuerpo no es más que el producto final de una larga serie de pensamientos que fueron hechos en oposición a la Voluntad de Dios: separación, especialismo, pecado, culpa, miedo, y muerte. Así que debemos prestar una cuidadosa atención a nuestras experiencias de victimización bajo leyes sobre las cuales no tenemos control, y de las cuales creemos que depende el destino de nuestra paz. Es este extravío lo que llevamos a la verdad, reconociendo que hemos estado usando las leyes del cuerpo como un manto para ocultar nuestra culpa por creer que efectivamente habíamos elegido contra las leyes de Dios.

(6.3) Tu magia no tiene sentido.

Las leyes del mundo tienen que ver con la magia porque son algo externo. El milagro —la contraparte de la magia— es interno. La magia nos ayuda a cambiar nuestro cuerpo; el milagro nos ayuda a cambiar nuestra mente. La magia es la solución que da el ego para resolver un problema allí donde no puede ser resuelto: en el cuerpo. El milagro es la solución que da el Espíritu Santo para resolver un problema allí donde sí puede ser resuelto: en la mente.

(6.4-5) Lo que pretende salvar no existe. Únicamente lo que pretende ocultar te salvará.

Esta es una excelente declaración de Nivel Uno: el cuerpo no existe. Además, el cuerpo y sus leyes se inventaron para ocultar la culpa de nuestra mente. Sin embargo así la mente no sólo conserva la culpa sino también su perdición, todo lo cual puede ser tratado mediante la aceptación de la Expiación, que es lo único que nos puede salvar.

(7) Las leyes de Dios jamás pueden ser reemplazadas. Dedicaremos el día de hoy a regocijarnos de que así sea. No es ésta una verdad que queramos seguir ocultando. En lugar de ello nos daremos cuenta de que es una verdad que nos mantiene libres para siempre. La magia aprisiona, pero las leyes de Dios liberan. La luz ha llegado porque no hay más leyes que las de Él.

Debemos prestar especial atención a las leyes que seguimos del ego, con el fin de rastrearlas de vuelta hacia la mente para ver lo que ellas representan en nuestra mente, como indicábamos más arriba en estos comentarios. De modo que: el dinero deshace [más bien disimula] nuestra experiencia de empobrecimiento espiritual; llenar de comida el estómago y de oxígeno los pulmones satisface la sensación de carencia presente en nuestra mente separada; y el especialismo deshace la soledad que es el estado “natural” de una mente separada. Por lo tanto podemos usar las leyes del ego para que ellas nos reflejen aquello que tenían la intención de ocultar: la creencia de que las leyes de Dios pueden ser reemplazadas. De hecho, han sido reemplazadas —por mí; al menos por la mentalidad-errada, que me ha engañado al creer que hay un yo separado. Pero ahora estamos listos para aprender que este delirio [engaño, ilusión] se produjo únicamente en nuestros sueños. Nuestro Ser real únicamente espera a que abramos nuestros ojos.

Ahora Jesús vuelve a bromear con nosotros:

(8.1-3) Comenzaremos hoy las sesiones de práctica más largas con un breve repaso de las diferentes clases de “leyes” que hemos creído necesario acatar. Éstas incluyen, por ejemplo, las “leyes” de la nutrición, de la inmunización, de los medicamentos y de la protección del cuerpo en las innumerables maneras en que ésta se lleva a cabo. Crees también en las “leyes” de la amistad, de las “buenas” relaciones y de la reciprocidad.

A estas alturas debería ser bastante obvio que Jesús no nos está pidiendo que renunciemos a nuestra creencia en estas leyes, que son la base de nuestra existencia en el mundo. Pero se nos pide dar un paso atrás con él —para ir por encima del campo de batalla (T.23.IV)— y mirar con sus ojos el lugar que mantienen estas leyes en el sistema defensivo del ego y en su [del ego] estrategia de dejarnos sin-mente. Así aprendemos a no tomarlas (ni tampoco a nuestras vidas) tan en serio como antes. Este punto, como tantos otros, nunca se podrá repetir lo suficiente. Nuestra resistencia a mirar al ego sin juicios es enorme, y requiere de la amable repetición de una amable persuasión para que dicha resistencia disminuya eficazmente.

(8.4-5) Puede que hasta incluso creas que hay leyes que regulan lo que es de Dios y lo que es tuyo. Muchas “religiones” se han basado en eso.

Jesús pone “religión” entre comillas porque nos está diciendo que éstas —las religiones formales [institucionalizadas] del mundo— no son verdaderas religiones. El significado etimológico de religión es “unir juntos de nuevo”, y nosotros nos “unimos juntos de nuevo” cuando tomamos conciencia de que el Hijo de Dios es uno —somos uno con los demás y uno con Dios. Las religiones del mundo separan, sus partidarios fomentan el juicio contra todos aquellos que no estén de acuerdo con ellos, al creer inconscientemente que están separados de Dios. Por eso Jesús afirma lo siguiente en el panfleto Psicoterapia, abordando el tema del lugar que ocupa la religión en la práctica de la psicoterapia:

La religión institucionalizada no ocupa ningún lugar en la psicoterapia, pero tampoco tiene un auténtico lugar en la religión. (P.2.II.2.1) (Pág. 19)

Una vez que la religión, independientemente de su origen inspirado, se institucionaliza [o: se formaliza], se vuelve separatista. Entonces es inevitable que sea absorbida bajo las leyes del homo sapiens, que no sólo delimitan el lugar que ocupan y el orden jerárquico de los miembros de las diferentes especies, sino también el lugar que ocupamos y el orden jerárquico entre Dios y nosotros. La separación se convierte en la ley del Cielo, mientras que la verdadera ley de unidad y unicidad desaparece en la realidad que ha sido ocultada por la exteriorización del Amor de Dios, la única ley.

(8.6-7) Dichas religiones no salvan, sino que condenan en nombre del Cielo. En cualquier caso, sus leyes no son más extrañas que otras “leyes” que tú crees que debes obedecer para estar a salvo.

Estas “leyes” de las religiones institucionalizadas [o: formales] son realmente extrañas, pues hacen que el Amor de Dios sea condicional: únicamente accesible a través del cuerpo. Por otro lado, la universalidad del amor lo hace totalmente accesible [sin condiciones], y fácil de recordar cuando se ve el mundo como un aula en la que aprendemos las lecciones de perdón que nos permiten transcender el mundo y el cuerpo completamente.

No obstante Jesús quiere que reconozcamos que la extrañeza de las leyes de las religiones no es más extraña que la de cualquier otra ley. A fin de cuentas no hay una jerarquía de las ilusiones (T.23.II.2.3). No nos pide que neguemos nuestra dependencia de la nutrición, la inmunización, la medicación, la protección, el especialismo, o cualquier otra cosa, sino que simplemente nos dice: “Mira a través de mis ojos tu dependencia de estas leyes y te darás cuenta de que son sombras de la culpa de tu mente. Mira amablemente conmigo la relación que hay entre la sombra y su fuente y date cuenta de cómo esta conexión causal no te ha traído paz”. Jesús no está pidiendo —remarquémoslo aún una vez más— que soltemos nuestra inversión en nuestro cuerpo o en el de alguien más. Sus palabras solamente nos piden que soltemos el propósito que le hemos dado al cuerpo, permitiendo así que Jesús cambie este propósito desde la culpa al perdón.

(9.1-2) No hay más leyes que las de Dios. Desecha hoy todas tus insensatas creencias mágicas y mantén la mente en un estado de silenciosa preparación para escuchar la Voz que te dice la verdad.

¿Cómo volverte silenciosamente preparado? Aquieta los estridentes chillidos del ego y la terca insistencia en que tienes razón y que Dios está equivocado. Y luego espera pacientemente a que tú mismo te muevas más allá de la resistencia (nacida del miedo) hasta llegar a la verdad (nacida del amor).

(9.3) Estarás escuchando a Uno que te dice que de acuerdo con las leyes de Dios las pérdidas no existen.

En todas las leyes del ego —ya sean religiosas o no— hay pérdida. Si he de comer, un animal o vegetal debe perder su “vida”; si he de tener satisfechas mis necesidades de especialismo, otro debe sufrir; si he de ser perdonado por Dios, debo hacer sacrificios. Tiene que ser así, pues la roca sobre la que descansa la salvación del ego es que alguien tiene que perder para que otro pueda ganar. Declaraciones como la de arriba corrigen amablemente esa ilusión.

Nota: en el párrafo anterior, donde dice “salvación”, en inglés pone “slavation”, que es una palabra que en inglés no existe, pero al estar escrita en cursiva queda la duda de si fue una errata queriendo poner “salvation” (que es lo que he traducido ya que es el significado más importante de ese contexto), pero es también muy probable que no sea una errata sino una especie de guiño o neologismo tratando de evocar y mezclar dos palabras: “salvation” (salvación) y “slave” (esclavo), resultando así “slavation”. Dejo constancia de eso, y por lo tanto esa frase podría traducirse también así: “(…) pues la roca sobre la que descansa la salvación/esclavitud del ego es que alguien tiene que perder para que otro pueda ganar” (pero finamente opté por la traducción más simple, usando una sola palabra, para no distraer al lector, ya que el juego de palabra que se hace en inglés con “slavation” no veo cómo combinar las palabras “esclavo” y “salvación” en una sola palabra para hacer ese mismo juego linguístico en español).

(9.4-6) No se hacen ni se reciben pagos; no se pueden hacer intercambios; no hay substitutos y ninguna cosa es reemplazada por otra. Las leyes de Dios dan eternamente sin jamás quitar nada.

El ego nace del pensamiento original de que soy un substituto de Dios o de Cristo, y todo lo demás es la consecuencia lógica de esa premisa ontológica. En otras palabras, desde el pecado de la substitución experimento culpa, la cual entonces exige que yo sea castigado. Con el fin de apaciguar la ira vengativa que despliega contra el pecado la deidad, invento una teoría de la salvación según la cual parece que Él exige de mí un pago por lo que yo Le robé, un pago que gotea con la sangre de mi sufrimiento y sacrificio: el significado que le da el ego a la expiación. A partir de ese pensamiento demente surge un mundo en el cual creemos que podemos conseguir la felicidad o la salvación sólo a través de algún tipo de pago. Por consiguiente encontramos las siguientes declaraciones en Psicoterapia con respecto a la cuestión del pago. A diferencia del punto de vista del mundo, en el que los pacientes pagan a los terapeutas por su pericia, un quid pro quo [esta frase hecha no se suele traducir, Ken la escribe así tal cual, es latín y no inglés… pero vamos, que aproximadamente significa: “algo por algo”, o “algo a cambio de algo”, o “algo en substitución o compensación de algo”], Jesús en cambio defiende un punto de vista más marxista: De cada cual según su capacidad, y a cada cual según su necesidad [Esta frase de Marx expresa una idea principal del marxismo, y su significado práctico puede verse al leer esa sección de Psicoterapia relativa a la cuestión del pago (P.3.III), y aquí abajo Ken Wapnick nos ofrece unas cuantas citas como resumen de esta cuestión]. Desafortunadamente nunca se ha intentado llevar a la práctica esta visión utópica, pero Jesús hace que sea la base para su punto de vista sobre el pago, distinguiéndolo del costo:

Sólo un sanador no sanado intentaría curar por dinero, y en la medida en que lo valore, no tendrá éxito, ni encontrará su propia curación en el proceso. Habrá algunas personas a quienes el Espíritu Santo les pida algún tipo de pago para Sus propósitos. Y habrá otras a quienes no les pida nada. (…) Hay una diferencia entre pago y costo. Dar dinero allí donde el plan de Dios quiere que se dé no supone un costo. Pero no darlo donde propiamente se debe dar supone un costo enorme.

Los pacientes tan sólo pueden pagar por el intercambio de ilusiones. Y por esto, ciertamente, se exige un pago, y el costo es enorme.

Si su relación ha de ser santa, lo que uno de ellos necesite el otro se lo dará; lo que a uno le haga falta el otro lo proveerá. (…) El terapeuta compensa al paciente con su gratitud, lo mismo que el paciente lo compensa a él con la suya. No hay costo para ninguno de los dos.

Esto [refleja] la ley de Dios, no la del mundo. (P.3.III.2.1-4, 6-8; 3.3-4; 4.4, 6-7; 5.4) (Págs. 46 y 47)

Anticipando la inevitable objeción, Jesús declara:

Esta visión acerca del pago puede parecer poco práctica, y a los ojos del mundo así es. Sin embargo, ni uno solo de los pensamientos del mundo es realmente práctico. ¿Qué se gana con ir en pos de ilusiones? ¿Cuánto se pierde al repudiar a Dios? ¿Y sería acaso esto posible? (P.3.III.7.1-5) (Pág. 48)

La ley que se nos pide que reflejemos en nuestras relaciones es la ley de la perfecta Unidad, en la cual no puede haber costo ni pérdida. La expresión amorosa de esta ley dentro del mundo de la ilusión es la roca sobre la que descansa la salvación: “Y todo el mundo tiene que ganar, si es que uno solo ha de ganar” (T.25.VII.12.2).

El siguiente párrafo nos pide que escuchemos al Espíritu Santo decirnos, una vez más, lo realmente insensatas [o “tontas”, o “estúpidas”, necias, sin sentido] que son estas “leyes” que nos hemos esforzado por seguir:

(10) Escucha a Aquel que te dice esto y date cuenta de cuán insensatas son las “leyes” que tú pensabas regían el mundo que creías ver. Sigue prestando atención. Él te dirá más. Te hablará del Amor que tu Padre te profesa, de la infinita dicha que te ofrece, de la ardiente añoranza que siente por Su único Hijo, creado como Su canal de creación, pero que éste le niega debido a su creencia en el infierno.

El Espíritu Santo no nos quita nuestras leyes, pero nos muestra su necedad [o: “insensatez”, o “estupidez”] puesto que ellas reflejan un sistema de pensamiento que es una tontería [o: “tonto, insensato, ridículo”, etc]. Recuerda que los milagros no toman la decisión correcta por nosotros. Ellos simplemente nos muestran cuán incorrectas han sido nuestras anteriores decisiones:

El milagro establece que estás teniendo un sueño y que su contenido no es real. (…) El milagro no hace sino mostrarle [al soñador] que él [el soñador] no ha hecho nada. (T.28.II.7.1,10) (Pág. 669)

Una vez que Él tiene nuestra atención, el Espíritu Santo nos “habla” del Amor celestial [o: “divino”, “del Cielo”] el cual habíamos elegido olvidar cuando elegimos recordar el infierno de amor especial del ego.

(11.1) Abramos hoy los canales de Dios y permitamos que Su Voluntad se extienda a través de nosotros hasta Él.

La manera de abrir los canales de Dios —nuestras mentes— es perdonarnos a nosotros mismos por haber elegido al ego como sustituto para el Amor de Dios. El perdón es la llave que abre la casa de mentalidad correcta del Espíritu Santo, la cual habíamos cerrado con las cerraduras de la culpa y del especialismo.

(11.2-6) De esa manera es como la creación se expande infinitamente. Su Voz nos hablará de esto, así como de los gozos del Cielo, que Sus leyes mantienen por siempre ilimitados. Repetiremos la idea de hoy hasta que hayamos escuchado y comprendido que no hay más leyes que las de Dios. Después nos diremos a nosotros mismos, a modo de dedicatoria con la cual concluye la sesión de práctica: 

No me gobiernan otras leyes que las de Dios. 


Una vez que elegimos aceptar la Expiación y recordar nuestra Identidad como Cristo, nos identificamos con nuestra verdadera función de creación: el ilimitado aumento del Amor de Dios a través de nosotros y como nosotros. Este “nosotros” es el Hijo único de Dios, el Cristo que Él creó como uno con Él; el Ser que ya no está bajo las leyes de Dios —Él [en inglés dice “It”, remarcando así que este Ser no es masculino ni femenino, sino más allá de toda forma y de todo límite; podría haberlo traducido como “Ese/Eso”, pero he preferido el más natural “Él”] es la ley de Dios.

(12) Repetiremos hoy esta dedicatoria tan a menudo como sea posible; por lo menos cuatro o cinco veces por hora, así como en respuesta a cualquier tentación de sentirnos sujetos a otras leyes a lo largo del día. Es nuestra declaración de que estamos a salvo de todo peligro y de toda tiranía. Es nuestro reconocimiento de que Dios es nuestro Padre y de que Su Hijo se ha salvado.

Estamos de nuevo donde empezamos —la aceptación de la Expiación. Jesús nos pide reforzar nuestra decisión de aceptar esta aceptación a lo largo del día —al menos cada doce o quince minutos. Así que tratamos de recordar —tan a menudo como podamos y especialmente cuando estemos tentados de creer en las leyes del ego de la escasez y de la privación, del especialismo y de la pérdida— que “no hay más voluntad que la de Dios, ni más leyes que la Suya”. Después reconocemos felizmente: “Sí, yo inventé estas leyes y todavía creo en ellas. Pero ahora estoy dispuesto a admitir que yo estaba equivocado. La verdad es que mi Padre es Dios y no el ego, y por lo tanto estoy salvado de mis pensamientos de pecado y culpa, pues ellos han desaparecido en Su Amor”. La única cuestión pendiente para nosotros mismos es por qué no habríamos de recordar este hecho feliz durante todo el día.

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